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“Las leyes están escritas en arena. Las costumbres, en granito” Platón

Con estas palabras terminé y di a la imprenta, en agosto del año pasado, mi libro Nocturno de la democracia mexicana, un ensayo sobre la “costumbre política mexicana”, esa veta peculiar de valores y conductas a las que invariablemente, desde hace dos siglos, con un disfraz o con otro, regresa la nación.

El libro tiene tres partes. La primera, llamada justamente “La costumbre política mexicana”, puede leerse como un solo ensayo sobre los hilos de larga duración de nuestra cultura política.

La segunda, “Casa en construcción”: democracia sin demócratas”, reúne ensayos escritos al paso de las primeras dos décadas de la democracia mexicana: 2000-2018.

La tercera parte, “Saltando al pasado”, revisa las elecciones del año 2018 como una especie de vuelta a nuestra costumbre política: la elección de un gobierno fuerte, de rasgos caudillistas y providenciales, luego de dos décadas de gobiernos débiles, incuestionablemente democráticos pero ineficaces y corruptos.

El tema de fondo de mi libro es el desencuentro de México con la modernidad política en sus dos grandes procesos seculares: el de la implantación de la República, durante el siglo xix, y la llegada de la democracia, a fines del xx.

Con las palabras finales del libro, citadas al principio de esta columna, me refería al extraordinario hecho de que la elección de julio de 2018 convirtió, de un golpe, el abrumador hartazgo político mexicano en un triunfo mayoritario de las ganas de creer.

Como lo sugiere su título, el optimismo no es el tenor de mi libro, sino la sospecha de que estamos frente a la escena temida de nuestro sueño democrático: el regreso a un gobierno fuerte cuyo instrumento es el populismo y cuyo destino final puede ser la tiranía.

Nunca pensé al publicar este libro, hace apenas tres meses, que llegaríamos tan rápido a lo que el mismo libro anuncia: la posibilidad de que la democracia mexicana muera ahogada en la hegemonía que ella misma creó.

La construcción de esa hegemonía lleva un curso vertiginoso, de la mano de un gobierno que no tiene ni reconoce contrapesos.