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Antes de viajar a Sudamérica, el presidente López Obrador entregará hoy o mañana un símbolo de discutible tradición prehispánica de poder a quien, representando a Morena, buscará sucederlo en 2024: el bastón de mando.

Él recibió uno en la Plaza de la Constitución el 1 de diciembre de 2018 a nombre de quienes dijeron representar a los aproximadamente doce millones de mexicanos de las comunidades indígenas: los mal llamados “pueblos originarios” (la especie humana surgió en África y todas las poblaciones que de allí salieron al resto del mundo invadieron territorios ajenos al original).

Se comprende lo de querer honrar a nuestros ancestros prehispánicos, la más remota raíz genética y cultural de la mayoría de mestizos mexicanos, pero el objeto de que se habla nada tiene que ver con las libertades, el republicanismo y la democracia que comenzaron a ensayarse apenas en el Siglo XIX.

En las actuales y genuinas ceremonias de muchas comunidades indígenas, el bastón de mando es para el cacique en turno, pero también representa el poder de las monarquías y en México se arraigó por el impulso que se le dio en el virreinato, durante la colonia española.

Bien a bien, el bastón de mando es una especie de sincretismo civil del cetro de los reyes y reinas europeos, pero acá se hizo “tradición” después de la Revolución para el ungimiento de alcaldes, gobernadores, presidenciables y presidentes.

Denominado también vara o manípulo, el objeto es un complemento protocolario que denota en su portador autoridad o mando sobre una colectividad.

En la Europa de las monarquías, el cetro sigue siendo un signo de representación de poder junto con la corona, el trono y la espada (un tipo tradicional de bastón de mando existe en el País Vasco, llamado makila, que en euskera significa palo, bastón de caminante, vara o maza).

Su entrega o transmisión en México es materia de discusión y esto se cuestiona por la naturaleza y antigüedad de la ceremonia, ya que se convirtió en demagógica costumbre en las campañas políticas del PRI de la segunda mitad del Siglo XX, pretendiendo con ello la “legitimización” política.

El que López Obrador actualice el debatible ritual quizá se explique por el afán cuatrotero de alcanzar una ilusoria prehispanización de la vida mexicana en sus variantes mexica, olmeca o maya de la “revolución de las conciencias” (a desdén de casi todas las demás casi 60 culturas indígenas que perviven en el país).

No faltan quienes reivindican el uso “milenario y universal” del bastón de mando (los faraones egipcios lo portaban, primero uno y luego dos, y los celtas utilizaron en bronce), y argumentan que se utilizó desde la prehistoria.

¿Pero es acaso lo mejor para simbolizar un mando político en el México del Siglo XXI?

Se dirá que el bastón que AMLO entregará no representa la presidencia sino una simple “conducción política” y sin duda es así… pero ajena por completo a nuestros lejanos antepasados avasallados por tiranos.