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No tan solitario resultó, como escribí aquí la semana pasada, el intento del diputado de Movimiento Ciudadano, Sergio Barrera, secretario de la Comisión de la Defensa de la Cámara de Diputados, de convocar al secretario del ramo a rendir cuentas ante el Congreso sobre sus descalabros en materia de seguridad nacional y seguridad pública.

Es verdad que sus compañeros de comisión no lo acompañaron en la convocatoria, pero es cierto también que el diputado Barrera puso el dedo en una preocupación genuina, creciente, de la opinión pública respecto del protagonismo que han tomado las fuerzas armadas.

No recuerdo una época de mayor crítica frontal a los militares mexicanos que la lanzada sobre ellos por los medios y por los miembros del Congreso. La corriente de fondo de este malestar, de los ríspidos reclamos a las fuerzas armadas, es que éstas se han convertido en un actor político nuevo, muy distinto al que fueron hasta ahora, y empiezan a recibir también un nuevo trato.

La contradicción fundamental es que los militares se han quedado con partes sustantivas del gobierno civil, pero pretenden mantener la misma “invisibilidad” de antes. Me refiero al acuerdo que durante décadas les permitió administrar a su antojo la parte de poder institucional que les tocaba, a cambio de que se mantuvieran neutrales en lo político y satisfechas con su pedazo de pastel.

El pedazo de pastel ha crecido desorbitadamente, al punto de que las fuerzas armadas, como se les recordó en el Senado, deberían comparecer no sólo ante la comisión de Defensa, sino también ante las de comunicaciones, salud, hacienda, educación, turismo y otros ramos donde tienen hoy nuevas responsabilidades sustantivas.

Eso, para no hablar de la posibilidad de candidatearse a la Presidencia que les abrió hace unos días el descocado secretario de Gobernación, Adán Augusto López.

El poder convoca a la crítica y a la competencia de los interesados, no puede mantenerse invisible e intocado mientras crece pisando terrenos de otros, en asignaciones gubernativas de cuestionable legalidad, donde las fuerzas armadas acusan ostensible inexperiencia.

Las fuerzas armadas se hinchan de nuevas responsabilidades, pero naufragan en su tarea primera que es la seguridad. El que mucho abarca, poco aprieta.