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La convocatoria de la Generación Z para volver a marchar mañana es tan descabellada como la propuesta que el 27 de septiembre de 1968 lanzó el representante de la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico ante el Consejo Nacional de Huelga para que los manifestantes —que atestaban la Plaza de la Constitución y las calles convergentes— acamparan allí hasta el 1 de septiembre, con la peregrina idea de que Gustavo Díaz Ordaz, desde el balcón central de Palacio, le rindiera su quinto Informe a la asamblea estudiantil.

A mano alzada, la provocación de Sócrates Campos Lemus fue aprobada con sonoros coros de “¡Sííí!/ ¡Sííí!”… y hacia la una de la mañana el Ejército los desalojó.

En aquella noche de euforia, ingenuidad y nulo cálculo político, el movimiento se equivocó y el 2 de octubre terminó en Tlatelolco.

La manifestación había sido tan exitosa que se izó una bandera de huelga en el asta bandera monumental y se consiguió, cuando reinaba la oscuridad, que la Catedral iluminara la protesta.

Convocar ahora a otra marcha justo para el día del desfile militar no solo es un error táctico, sino una insensatez colosal.

Mezclar una movilización civil con una militar es jugar con fuego… a perder.

La Generación Z ya demostró una fuerza admirable, pero los convocantes parecen ignorar que no pueden competir con una tradición ampliamente popular, porque la coincidencia puede detonar lo que nadie quiere.

Dado que el oficialismo no necesita inventar mucho, es previsible a quiénes culpará.

Bastará que las dos columnas humanas confluyan en tiempo y lugar para que una chispa, así sea accidental, sirva de pretexto perfecto para insistir en lo que ya se ve: criminalizar al movimiento.

Si algo ha quedado claro es que el obradorato, desde que se alzó con la Presidencia en 2018, explota cada oportunidad para minimizar, distorsionar, calumniar y satanizar lo que no controla. Y si ha intentado borrar la magnitud de la primera marcha, qué no haría con una provocación muy peligrosa.

La fuerza que está tomando la Generación Z se explica por su espontaneidad, su independencia, su capacidad para romper el guion y exhibir la debilidad narrativa del poder.

Pero ese logro no se repite a capricho ni por convocatoria semanal.

Suponer que la efervescencia se mantenga a punta de marchas consecutivas es desconocer la dinámica real de los movimientos sociales. La intensidad se administra, no se derrocha. La legitimidad se cuida, no se expone a trampas elementales. La calle se usa cuando algo se puede ganar y no se expone a la derrota.

Marchar mañana no solo es inoportuno, es fabricar una propia trampa. Hacerlo entre soldados, unidades militares y familias con niñas y niños que acuden a verlos desfilar no es valentía, sino irresponsabilidad estratégica.

Si acuden menos, fue de “violentos”, y si van más, que se quiso confrontar a las fuerzas armadas.

En el 68, aquella provocación dejó una lección valiosa: los movimientos sociales no pueden confundirse de escenario ni de calendario…