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Los refranes son enunciados breves —de origen y uso popular— que transmiten enseñanzas, moralejas, mensajes filosóficos o las consecuencias ante ciertas circunstancias. Divulgan la idiosincrasia de un país, sus usos, costumbres y creencias. De autoría anónima, son heredados de generación en generación. Etimológicamente la palabra “refrán” proviene del francés refrain o sentencia corta. Promueven el uso del lenguaje y la comprensión lectora. Repasemos algunos ejemplos divertidos. Hay refranes que impelen a no dejarnos llevar por las apariencias porque “el hábito no hace al monje” y tampoco “una golondrina hace verano”. Otros impulsan el logro de objetivos: “Quien no se arriesga no pasa la mar”. Hay aquellos que nos persuaden a trabajar: “No dejen para mañana lo que puedan hacer hoy” porque “a quien madruga, Dios le ayuda”. “La noche es para pensar y el día para obrar”. Hay refranes que son medicina para la impaciencia: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, “la esperanza es lo último que muere” y celebran burlonamente la virtud de la paciencia: “El que ríe al último, ríe mejor”.

Si nos amilanamos, nos consuelan: “Poco a poco se anda lejos”, recuerden que “más vale tarde que nunca”. Ante la frustración aclaran que “nunca llueve a gusto de todos”, “pónganle al mal tiempo buena cara”. Son unos maestros de la caridad: “Hagan el bien y no miren a quien” porque “obras son amores, que no buenas razones”. Aceptan que el karma existe: “El que a hierro mata a hierro muere” pero jamás “hagan leña del árbol caído” porque “a cada cerdo le llega su san Martín”. Saben de paradojas: “En casa de herrero cuchillo de palo”, “el que mucho abarca poco aprieta”. 

Para la sabiduría popular la prudencia es una virtud: “En boca cerrada no entran moscas”, “más vale pájaro en mano que cientos volando”. Nos instruyen a ser precavidos: “Ni beban agua que no vean, ni firmen carta que no lean”. “Denle tiempo al tiempo” porque “si no oyen consejos no llegarán a viejos”. Nos apapachan ante nuestros errores: “A lo hecho pecho” que “no hay mal que por bien no venga”. Siéntense a la mesa que “las penas con pan son menos”, y la máxima: “En invierno no hay tal abrigo como un buen vaso de vino”. No se desanimen que “mal de muchos, consuelo de bobos”. A veces se hacen de la vista gorda porque “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Con respecto al amor son bastante sabios: “Más vale ser buenos enamorados que malos casados” porque “adonde el corazón se inclina, el pie camina”. Y ni se les ocurra apostar porque “afortunados en el juego, desgraciados en el amor”. Nos animan a ser prevenidos: “Cuando la barba de su vecino vean pelar, echen la suya a remojar” puesto que “el tiempo es oro”. Advierten que “no se le puede pedir peras al olmo” porque “el que nace para maceta, del corredor no pasa”. 

Querido lector, ante la sabiduría popular muy poco puede hacerse: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y “más vale maña que fuerza”. Si no han sido de su agrado estas líneas piense que “a caballo regalado no se le ven los dientes”.