Minuto a Minuto

Internacional Netanyahu exige investigar y procesar a los participantes del documental ‘NAZA’
"La película construye una narrativa falsa, engañosa y sesgada que difama al Estado de Israel y a las Fuerzas de Defensa de Israel a nivel mundial", afirmó Netanyahu
Nacional Huracán ‘Simon’ provoca cierre de puertos en seis estados del Pacífico mexicano
Protección Civil llamó a extremar precauciones cerca de ríos y arroyos de respuesta rápida, por riesgo de inundaciones y deslaves
Nacional Nueve detenidos por marcha contra agua contaminada en Guadalajara
Miles de personas en Guadalajara se manifestaron este domingo para exigir una alerta sanitaria por la mala calidad del agua que reciben en sus casas
Internacional Perros atados, heridos y sin agua, la otra realidad de la crisis de indigencia en Los Ángeles
Durante décadas, Skid Row ha sido el epicentro de la indigencia en Los Ángeles; ahí viven más de 4 mil 200 personas sin hogar y sus mascotas
Internacional Sin agua, electricidad ni acceso seguro tras el terremoto en Panamá
En Tonosí los vecinos aún duermen en las calles por las constantes réplicas que no cesan desde el viernes, ya sea en parques o la iglesia

No cabe duda de que nuestros “políticos profesionales” —siempre me ha hecho reír ese adjetivo— hacen todo lo posible por denigrar su “oficio”. Aquí tenemos un ejemplo.

El 12 de agosto, en el Patio del Federalismo del Senado de la República, el vocero de la bancada de Morena en la Cámara de Diputados, Arturo Ávila, y el diputado del PRI Carlos Gutiérrez Mancilla protagonizaron un altercado con insultos, empujones y acusaciones graves.

No fue un debate parlamentario. Fue un espectáculo de descalificaciones que retrata buena parte de la política mexicana.

Todo comenzó después de que Ávila hablara ante los medios sobre el proceso de desafuero contra Alejandro Alito Moreno, dirigente nacional del PRI. El morenista lo acusó de traición a la patria por sus gestiones en Estados Unidos y pidió acelerar las investigaciones en su contra.

Poco después, Gutiérrez Mancilla —cercano a Moreno y con antecedentes de enfrentamientos en el recinto— encaró a Ávila.

Lo que siguió quedó registrado en videos: “eres el vocero del narco”, “proveedor de armas”, “asesino”, “¿me vas a mandar a matar?”. Ávila respondió: “eres el porro de Alito”, “no me toques, cabrón”, y se retiró entre jaloneos.

No hubo golpes mayores ni lesiones reportadas. Lo que sí hubo fue una confirmación: cuando la política tiene como objetivo principal conservar el poder, el lenguaje termina degradándose hasta parecerse al de una discusión de cantina.

Las acusaciones de vínculos con el crimen organizado y de “porrismo” no son nuevas. Circulan en ambos sentidos desde hace años. Lo novedoso no es el contenido, sino la naturalidad con la que ahora se escenifican frente a las cámaras, como si el patio del Senado fuera el escenario de un reality show.

Este episodio no es un accidente. Es un eslabón más de un círculo que conocemos bien.

Alito Moreno denuncia en Washington, exige protección y habla de persecución. Morena responde con investigaciones, solicitudes de desafuero y señalamientos de corrupción. Los operadores de ambos bandos bajan al terreno de los empujones y los insultos.

Después vienen las declaraciones de solidaridad, las denuncias cruzadas, los llamados a la mesura de los coordinadores y, finalmente, el olvido hasta el siguiente choque.

Nosotros, los ciudadanos, nos indignamos un rato y seguimos con nuestra vida. Mientras tanto, la polarización se consolida como método de control.

La confrontación permanente moviliza a las bases, genera contenido, distrae de la agenda legislativa y permite que cada bando se presente como víctima o defensor de la patria.

Mientras tanto, los problemas de fondo —seguridad, corrupción, institucionalidad y capacidad de gobierno— quedan en segundo plano. Los espacios destinados a la deliberación de las ideas terminan convertidos en cuadriláteros.

No se trata de absolver a nadie. Las denuncias de corrupción deben investigarse con rigor, sin importar el partido. Las acusaciones de vínculos con el crimen organizado, si tienen sustento, deben llegar a las instancias judiciales y no quedarse en gritos de pasillo.

Pero cuando la respuesta automática es el insulto personal y la provocación física, lo que se debilita no es solo la imagen de los legisladores involucrados. Se debilita la idea misma de que la política puede ser algo distinto de una pelea entre bandos.

La maquinaria política se alimenta de la memoria corta y de la necesidad de fabricar enemigos.

Hoy son Ávila y Mancilla. Ayer fueron Noroña y Alito. Mañana serán otros.

Mientras el sistema premie el espectáculo por encima del argumento, el patio seguirá siendo ring y no espacio de deliberación.

Y el país seguirá girando en el mismo círculo, sin salir del mismo punto.

Hace falta un verdadero cambio generacional en la política porque, en este momento, NO HAY A QUIÉN IRLE.

Sígueme y dame tu opinión.

@mcamachoocampo
[email protected]