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Era de esperarse que tras el fracaso con la iniciativa de reforma eléctrica la respuesta de Morena se decantaría por escalar el conflicto y la polarización en lugar de aprender la lección y apostar por el diálogo y los acuerdos. La cosa la pasó del “traidores a la Patria” a un encontronazo en el Congreso.

Ayer en El Universal, la vicecoordinadora de Morena en la Cámara de Diputados, Aleida Alavez, advirtió a la oposición que tras su rechazo a la reforma eléctrica de Andrés Manuel López Obrador Morena votará contra todas las iniciativas de su interés, como en el caso de la prohibición al doble remolque, promovida por el PRI. Es “un antes y un después”, advirtió.

Pero soltó un anzuelo en la desesperada al decir que la oposición de PRI, PAN, PRD y MC pueden “reivindicarse” aprobando las iniciativas de reformas político-electoral y de la Guardia Nacional del Presidente. Pero ya en el Senado la oposición dejó claro que esas reformas constitucionales no pasarán, están muertas.

Y es que los sectores más duros de Morena están desesperados porque muerta la reforma eléctrica no se ve cómo puedan lograr que sean aprobadas la otras dos reformas que López Obrador calificó como las centrales de la segunda mitad de su sexenio.

Pero es que, independientemente que se coincida o no con el contenido de las reformas, Morena en su afán de conflicto y descalificación cerró las puertas al diálogo, la negociación y construcción de acuerdos, a grado tal que su propio coordinador en el Senado Ricardo Monreal llamó a sus correligionarios a dejar de fustigar y perseguir a la oposición.

Ahora, tenemos la fortuna de atestiguar un escenario de disputa política que nos permite constatar que los pesos y contrapesos establecidos en el diseño institucional y legislativo mexicano funcionan para bien y que garantizan que no haya una imposición autoritaria de parte de las mayorías.

Porque ciertamente si no fuera por el candado que es la mayoría calificada para las reformas constitucionales lo que hubiéramos visto en esta administración sería una reedición del priismo de antes de 1976 en que el Congreso se manejaba desde Los Pinos.

Fue precisamente la suma de la apertura del Congreso a los diputados plurinominales para dar representación a la pluralidad política de México y la creación de un instituto electoral ciudadano y autónomo la que por fin dio paso a un equilibrio de poderes real y la derrota de las iniciativas constitucionales del Presidente.

Esto no es una tragedia, es una muestra de la salud y solidez del diseño institucional de nuestro sistema político que precisamente pretende desmotar el presidente López Obrador con su reforma para desmontar al INE y para eliminar del Congreso a los diputados plurinominales.

Lo qué pasa es que por desgracia, y no es privativo de Morena, en la clase política mexicana prácticamente no hay demócratas que asuman el principio de que en este sistema se gana y se pierde y que el triunfo y la derrota no son necesariamente permaneces. Para los políticos mexicanos hay democracia si ganan pero si pierden hay fraude y traición.

Viven pensando en sus intereses de grupo y en el caso de los legisladores olvidan que su esencia es la representación popular, no servir al Presidente, y que su responsabilidad es debatir y votar leyes en favor de los mexicanos, si no logran que se aprueben sus iniciativas, ni modo así es la democracia.