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La resistencia popular obligó a Napoleón a ir a España para sellar en persona la imposición como monarca de su hermano José, todavía recordado como Pepe Botellas.

Al entrar a España, Napoleón emitió una breve proclama, extraordinario autorretrato de sus dos caras históricas.

Una, la del dictador militar, rotundo y narcisista. Otra, la del caudillo militar portador de libertades, que abolía fueros monárquicos y daba igualdad a los desiguales.

La proclama empieza con la voz del dictador narcisista:

“Españoles: no me presento entre vosotros como amo, sino como libertador”.

Pero sigue con la lista de instituciones y desigualdades que quiere suprimir, las cuales juzga, por tanto, suprimidas:

“He abolido el tribunal de la Inquisición, completamente anacrónico en este siglo y en esta Europa. Los sacerdotes deben guiar las conciencias, pero no ejercer jurisdicción alguna exterior y corporal sobre los ciudadanos.

“He suprimido los derechos feudales y cada cual podrá establecer hosterías, hornos, molinos y almadrabas, dando libre impulso a su industria.

“El egoísmo, la riqueza y la prosperidad de un reducido número de hombres perjudican a vuestra agricultura más que los rigores de la canícula.

“Así como no hay más que un Dios, no debe haber en ningún estado más que una justicia. Todas las justicias particulares habían sido usurpadas; eran contrarias a los derechos de la nación, y yo las he suprimido.

“La generación presente podrá variar en su opinión, porque se han puesto en juego demasiadas pasiones, pero vuestros hijos me bendecirán como renovador, recordando, entre el número de vuestros días memorables, aquel en que yo me presenté ante vosotros, desde el cual datará el inicio de la prosperidad de España”.

La proclama se muerde la cola: el dictador narcisista se declara ganador del futuro cuando sus cambios apenas son un cuerpo de leyes nuevas, dictadas por la monarquía impuesta de Pepe Botellas, hija de una invasión.

El narciso dictatorial es evidente, pero nadie podrá negar, con los ojos de hoy, su acuerdo con las libertades y con la igualdad prometidas en aquella proclama, por aquella invasión y aquella dictadura.

La dualidad napoleónica dice mucho de la dualidad de la historia. Y de su trialidad y su cuatrialidad, etcétera.