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La victoria es tan merecida como la derrota, cuando se trabaja o cuando se dejan intereses sociales de lado para convertirlos en intereses particulares. Las causas de la derrota pueden ser muchas, pero nadie puede nombrarlas porque en ningún partido que compitió este 2 de junio existe un análisis serio y profundo de las causas de su destino.

A poco más de un mes de la elección ni ganadores ni perdedores han organizado mesas de trabajo para explicarle a sus seguidores las causas de su victoria o de su derrota. Una vez más dejan colgada de la brocha a la gente que espera cómo fortalecer el triunfo y, por otro lado, cómo evitar más derrotas.

La democracia la consolidan las diferencias de ideas incluso dentro de un mismo partido, incluso en una misma familia. La responsabilidad de los partidos ante resultados tan desiguales exige una explicación clara que, aunque la gente no lo pida lo espera, lo merece.

La misma responsabilidad de explicar los resultados de sus votos es de ganadores y vencidos. Se trata de partidos políticos con una cartera amplia, con una nómina millonaria que paga el pueblo, pero hasta el momento nadie se atreve a explicar nada.

La sensibilidad social, la visión de ponderar las necesidades de los más vulnerables, el urgente llamado a acortar las diferencias sociales y económicas son factores plausibles, pero eso no explica una votación de casi 36 millones de votos.

Por el otro lado, la cerrazón de elegir por dedazo a los candidatos, de colocar por encima de todo el pasado, los intereses materiales de por medio, tampoco pueden explicar por sí mismos una derrota.

Pero en medio de esa falta de autocrítica y respeto está la autoridad electoral, que en su nómina tiene a personajes con maestrías y doctorados en ciencia política, que tampoco explica ni siquiera su actuación.

No se trata de una evaluación de la elección, ni comprobar o perdonar fraudes; se trata de informar a la población sobre lo que se hizo correctamente, lo que no se hizo y lo que se pudo hacer mejor. El examen de conciencia pareciera perderse entre las anécdotas intrascendentes, acusaciones sin base y rencores acumulados.

Antes de las elecciones todos ellos aseguraban que se trataban de las elecciones más importantes de la historia, pero una vez que sucedieron nadie puede hablar de ellas en un contexto realista, imparcial, objetivo. No se busca culpable, se busca cómo mejorar una democracia que un día es fuerte y al otro día es frágil, a causa de las actuaciones de partidos y autoridades electorales.

El pueblo quiere saber, convencerse de que en cada voto se escribió la historia contemporánea del que es protagonista, incluso héroe. Una sola mesa de trabajo que hable con seriedad sobre el tema no se ha realizado, nadie la ha organizado. Pero eso sí, toda la carne al asador a la Reforma Judicial, donde desde hace años cada quien tiene su percepción y su idea. Los mexicanos saben dónde le duele algo al Poder Judicial, y no está tan lejos el pueblo de los jueces y magistrados como algo lejano y ajeno. Ni todos son corruptos ni todos son honestos.

El pueblo merece estar informado sin parcialidades ideológicas ni consignas de los comunicadores; de otra manera, esa parte de la historia estará siempre en una nebulosa que puede alejar a la gente de las urnas en lugar de acercarlas y hacerlas suyas.

PEGA Y CORRE. – La derrota es huérfana, pero lo que llama la atención es que la disputa entre los panistas Javier Lozano, Marko Cortés y Felipe Calderón no pone en peligro la unidad del partido. Ninguno de los tres tiene correligionarios que puedan crear equipo o desbandada. Así las cosas en el PAN.

Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.