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La magnificante inclinación de los gobernantes mexicanos a darle categoría universal a sus escasos logros, en su óptica de acomplejados, no les es exclusiva. Todos los dictadorzuelos suelen acudir a la comparación universal poniendo lo propio por encima de todo el mundo. En casos trágicos, como el de Hitler, la superioridad de una raza adquirió proporciones nauseabundas. Hoy, en el caso de las repúblicas bananeras adquiere rasgos fársicos de crueldad como en el caso de la supercárcel del orate Bukele en El Salvador y su alquiler como hotel-no-de-paso por Donald Trump para sus “ilegales”.

En nuestro caso no somos menos, y tenemos antecedentes. Cuando Luis Echeverría se dio cuenta de que no iba a obtener el liderazgo mundial que equivocadamente implica la Secretaría General de la ONU, se conformó con un reintegro en la forma de campeón del Tercer Mundo, mundillo, pero mundo al fin. Reintegro que, por cierto, nadie le pagó.

El caso del tristemente célebre Lopitos es patético.

Comenzó por prometer que el sistema de salud público mexicano sería igual al de Dinamarca, al no encontrar mejor ejemplo. Luego, se le hizo poco el mar para echarse un buche de agua, y dijo que el mexicano sería un sistema sanitario mejor que el de los daneses. Pa´cabar pronto, se desató diciendo que sería el mejor del mundo. No quiero equivocarme, pero tengo la impresión de que afirmó que ya lo habíamos logrado.

Ahora, desde hace seis meses, Andrés Manuel López Obrador no se ve; pero se siente.

Su heredera y entusiasta exégeta, la señora presidente Sheinbaum, no deja que las palabras mundo y mundial se le caigan de la boca. Al menos en su discurso público. El fin de semana le escuché decir que los trabajadores de Sinaloa no son solamente los mejores de México: son los mejores del mundo.

Yo no tengo nada en contra de mis casi paisanos por parte de cónyuge, pero no veo necesidad de menospreciar a los trabajadores de, digamos, Bélgica o Johannesburgo, Costa Rica o Mozambique, Perros Bravos (eso está en Nuevo León, cerca de Pesquería Chica) o Milwaukee. Y, en todo caso, ¿quién establece esa tabla de posiciones? Fuera de Palacio Nacional de la Ciudad de México, ¿en dónde sesiona ese jurado y cuáles son los, ahora sí, olímpicos criterios que les rigen?

De forma semejante, por disposición presidencial de doña Claudia, los mexicanos debemos estar orgullosos de tener el mejor sistema judicial del planeta Tierra, a consecuencia de los comicios del próximo primero de junio. Resulta que vamos a ser la mejor democracia del mundo mundial porque somos los únicos seres humanos que eligen a sus jueces.

Claro que eso no es cierto. Lo de únicos en el mundo; pero eso en política nacional es una minucia. Me refiero a lo de decir la verdad.

Como decía el título de una vieja película, bastante malona: Detengan este mundo, que quiero bajarme.

MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Para de hoy en adelante, como marcó línea mi querido Armando Fuentes Aguirre en el caso del Peje, hasta el último día de mayo esta nota final se repetirá. Por si se les ha olvidado, Caton todos los días en su columna, publicó que un voto a favor de Morena era un voto en contra de México.

A propósito de los comicios de junio primero, la mexicana autoridad espuria reconoce desde ahora que la participación del electorado mexicanuestro en la farsa para integrar el poder Judicial al Ejecutivo, llegará acaso al veinte por ciento del padrón.

A mi juicio, la abstención es una manifestación política confusa; a fin de cuentas un voto no emitido se asume como una apatía que apoya al sistema.

Callar es conceder.

Yo acudré a mi casilla, pero voy a anular mis votos, cruzando de esquina a esquina todas las boletas que me entreguen. Ese será un voto de repudio clarísimo.

A eso invito.

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