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Sin duda que nunca se habían dado en el país manifestaciones tan grandes, importantes, solidarias y significativas del hartazgo por el estado de cosas que viven las mujeres, como las que se dieron en el país los pasados domingo y lunes. Pero así como una golondrina no hace verano, un movimiento social y una manifestación de inconformidad no harán que las cosas cambien de inmediato. Pero lo sucedido es el mayor paso dado por el feminismo en el proceso hacia la equidad de géneros.

Comparto la visión de la convivencia entre mujeres y hombres que señaló, en 1970, la escritora Rosario Castellanos (1925-1974), en su libro Mujer que sabe latín del que transcribiré fragmentos. En algunos de éstos tendré que transferir el femenino con el que están escritos al género gramatical neutro para dirigirlos tanto a la mujer como al hombre. También, para una mejor comprensión en el breve espacio de una columna periodística, resumiré e, inclusive, agregaré alguna apostilla mía y me atreveré a cambiar el orden que la autora le dio a su texto, sin traicionar el espíritu del mismo.

Los hombres no son enemigos naturales de las mujeres, sus padres no son sus carceleros natos. Los hombres tendrán que comprender, tal vez lo habrán sentido en carne propia, que nada esclaviza tanto como esclavizar, que nada produce una degradación mayor en uno mismo que la degradación que se pretende infligir a otro. Si le damos a la mujer el rango de persona, que se le negó en los concilios teológicos medievales, y que todavía, en algunos sectores sociales, se le escamotea, se enriquece y se vuelve más sólida la personalidad del donante.

La costumbre de que el hombre tenga que ser muy macho y la mujer muy abnegada. La complicidad entre el verdugo y la víctima es tan vieja que ya es imposible distinguir quién es quién. Pero no hay que arremeter contra las costumbres, sino poner en evidencia lo que tienen de ridículas, de obsoletas, de cursis y de imbéciles. Así tendremos un material inagotable para la risa: la forma más inmediata de la liberación de lo que nos oprime, del distanciamiento que nos aprisiona.

Quitémosle la aureola al padre severo e intransigente y el pedestal a la madre dulce y tímida que se ofrece cada mañana para la ceremonia de la degollación propiciatoria. Los dos son personajes de una comedia ya irrepresentable. El contexto en el que surgieron se ha trasformado y la gesticulación se produce en el vacío.

Quitémosle, al novio formal, la calificación de ser un buen partido. Se valúa muy alto y se vende muy caro. Su precio es la nulificación de su pareja y quiere esa nulificación porque él es una nulidad. Y dos nulidades juntas suman cero y procrean una serie interminable de ceros.

Quitémosles al vestido blanco y a la corona de azahares ese nimbo glorioso que lo circunda. Son símbolos de algo muy tangible para la mujer: la virginidad. ¿Por qué la preservan y cómo? ¿Interviene en ello una elección libre o es sólo para seguir una corriente de opinión? La mujer —recomienda Rosario— debe de tener el valor de decir que es virgen porque le da su real gana o que no lo es porque así lo decidió.

La maternidad no es la vía rápida para la santificación. Es un fenómeno que la pareja puede regir a voluntad. Antes de tener hijos hay que saber que no nos pertenecen, que no tenemos derecho a convertirlos en chivos expiatorios de todas nuestras frustraciones y carencias, sino la obligación de emanciparlos lo más pronto posible de nuestra tutela.

Quedemos en un punto para convivir saludablemente: formar conciencia, despertar el espíritu crítico, difundirlo, contagiarlo. No aceptar ningún dogma, sino hasta ver si es capaz de resistir un buen chiste.