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No sé de cierto por qué mi primera noción del enlace entre la vida y el dinero, que se dio en la primera de mis infancias, se acendró, ancló, y adquirió raigambre con tal enjundia, ni cómo quedó para siempre grabada con la imagen de la moneda de veinte centavos. El veinte de cuproníquel con el anverso reproduciendo los volcanes del altiplano y la pirámide teotihuacana del Sol, con un gorro frigio dominando el paisaje.

Nacimos casi el mismo año y fue retirada de la circulación cincuenta años después, el último día de diciembre de 1992. Sin conocimientos numismáticos o de valores, creo que es la más hermosa moneda que haya prensado la Casa de Moneda de México. De su valor de mercado sé nada: es cuestión de numismáticos y traficantes. La expresión de que ya me cayó el veinte, dando a entender que ya resolvimos un enigma, viene del ruido que hacían los primeros teléfonos públicos mexicanos, que no dejaban caer la moneda hasta que la conexión se establecía.

Poco tiempo después, y con mi personal economía dependiendo aún de los veintes que mi padre me daba intermitentemente, mi interés por la vida cívica me llevó al mundo de los millones y los porcentajes. Los millones se referían al esfuerzo inmenso que el presidente en turno había estado haciendo durante el año inmediato anterior, y nos estaba contando en todos los radios, cómo ya teníamos tantas y cuantas más escuelas, en su informe anual de gobierno y cómo si hubiese algo que arrojara una duda sobre el país de Jauja en que vivíamos, ahí estaba en todos los periódicos la estadística: la cantidad de ocasiones en que el presidente, todos los presidentes, había sido interrumpido por ovaciones de pie en el Congreso.

Ya en mi primera juventud y en mi primera sala de redacción, Rodríguez Carranza, que era mi jefe, me descubrió que era yo muy pendejo.

Muchos años después, para ser precisos, ayer, tuve la leve sospecha de que Agustín, muerto hace unos ocho años, seguía teniendo razón.

Me dijeron que el segundo informe de la señora presidenta con A de mujer no iba a ser como los de antes. Que durante setenta años el día del informe había sido simplemente el día del presidente, con carros convertibles y lluvia de papel picado por no llamarle confetti como cualquier mamón italiano.

Pero no fue así. Todo sigue siendo como en los tiempos del presidente Alemán, que son los primeros que recuerdo. Pero el papel picado ya no va.

La señora presidenta con A se pasó setenta minutos de soliloquio, repitiéndome que hasta que llegó el prócer de Macuspana y luego ella, en este país el tiempo se mantuvo inerte. Que durante los tiempos del aborrecido neoliberalismo, yo asistí a escuelas imaginarias, y transité por carreteras que nunca existieron hasta que llegó López Obrador. Que TODOS los que nos gobernaron antes hacían hospitales solamente para inaugurarlos y abandonarlos de inmediato, vacíos de personal y de medicamentos.
Ahora sí, ya sabemos lo que es canela fina.

Y yo sigo añorando lo que compraba con un veinte. Tal vez, como anunció un día López Portillo, ahora tenemos que aprender a administrar nuestra riqueza. Que esa sí es real.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Algunas frases para la eternidad: el maíz es la raíz; sin maíz no hay país, mencionó -otra vez- doña Claudia.

Pues resulta que los mexicanos, esos grandes mexicanos de los discursos, no somos capaces de producir lo indispensable para el desarrollo. Para comer y desarrollarnos, importamos maíz, gasolina, frijol, tecnología, gas natural……
Producimos impunidad hasta para aventar pa’rriba.

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