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En México nos encanta hablar de talento. Decimos que tenemos ingenieros para exportar, que somos el “Silicon Valley latino” y que las empresas tecnológicas hacen fila para instalarse aquí.

Pero detrás de ese discurso de éxito se esconde una verdad incómoda: de los casi 900 mil profesionales en tecnología, solo unos 300 mil cumplen con los estándares internacionales que exige el mundo digital.

O sea, tenemos talento, sí… pero mal calibrado.

De acuerdo con Codifin —una startup dedicada a desarrollar talento digital—, México forma ingenieros a gran escala, pero muy pocos logran certificaciones globales o dominan metodologías ágiles, inglés técnico y liderazgo digital. Y sin esas llaves, la puerta de los empleos internacionales simplemente no se abre.

El resultado es una paradoja cruel: empresas extranjeras llegan buscando programadores listos para la competencia global, mientras miles de jóvenes egresan cada año sin las herramientas que esas mismas empresas necesitan.
Tenemos la gente, pero no los perfiles.

En el país existen más de 250 Centros de Excelencia, concentrados sobre todo en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Allí se gesta buena parte de la innovación nacional. Pero incluso en esos polos, el reto no es cuántos ingenieros formamos, sino cómo los formamos.
Seguimos preparando técnicos del siglo XX para resolver problemas del siglo XXI.

El Foro Económico Mundial advierte que la demanda de expertos en inteligencia artificial, ciberseguridad y computación en la nube crece más rápido que la capacidad de los países para producirlos. México tiene una ventaja geográfica y cultural con Estados Unidos, pero no basta estar cerca: hay que estar al nivel.

Y quizá ahí está la clave. No es un tema de inteligencia, sino de visión.

Porque hoy estamos mandando a nuestros jóvenes a la guerra sin fusil, esperando que compitan en una batalla global con herramientas desactualizadas.
Nos falta creer que el ingeniero mexicano puede ser más que soporte técnico barato: puede ser quien invente el futuro.

El verdadero déficit no está en los números, sino en la oportunidad de convertir la promesa en realidad.
Y esa brecha, la del talento invisible, no se cierra con discursos, sino con decisión.

EN EL TINTERO

¡YA CHOLE! La presidenta Sheinbaum sigue insistiendo con la disculpa de la Corona española. Insisto, los problemas que los “pueblos originarios” enfrentan actualmente no son culpa de las huestes de Hernán Cortés, sino de los mestizos que habitamos México en este siglo XXI.

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