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Este domingo terminó, para México, el Mundial de Futbol 2026. No fue el desenlace que muchos esperábamos. Inglaterra nos dejó fuera del torneo.

No voy a analizar lo que ocurrió en la cancha. Para eso sobrarán especialistas, estadísticas y debates. Yo prefiero quedarme con lo que vi durante cinco partidos: un grupo de jugadores que se entregó hasta el último minuto, que defendió la camiseta con orgullo y que, durante 450 minutos, logró algo que muy pocas cosas consiguen en este país: unirnos.

Sí, nos hicieron soñar.

Y sí, durante esos días nos representaron mucho mejor que buena parte de nuestra clase política.

Pero, más allá del resultado, este Mundial dejó lecciones que vale la pena llevar fuera de los estadios.

La primera es que sí podemos trabajar juntos.

Durante semanas vimos a 26 futbolistas con historias distintas, equipos distintos y personalidades distintas perseguir un solo objetivo. Los egos quedaron en segundo plano. Nadie jugó para las estadísticas personales; todos jugaron para el equipo.

Entonces vale la pena hacerse una pregunta: ¿qué pasaría si los mexicanos hiciéramos lo mismo?

¿Y si, por encima de los proyectos partidistas, las diferencias ideológicas y las campañas permanentes, adoptáramos un solo proyecto llamado México?

No significa pensar igual ni renunciar a las diferencias. La democracia vive del debate. Lo que no puede sobrevivir es un país donde cada quien rema en dirección contraria. Así es imposible avanzar.

La segunda lección tiene que ver con el liderazgo.

Un buen líder no es quien impone su voluntad porque tiene el poder o presume que representa al pueblo. Tampoco quien divide entre buenos y malos o descalifica cualquier crítica diciendo que forma parte de una campaña de desprestigio.

Un verdadero líder escucha, convence, integra y genera confianza. Entiende que un proyecto colectivo sólo funciona cuando todos sienten que forman parte de él. Sabe reconocer aciertos, aceptar errores y entender que nadie construye solo.

Eso fue, precisamente, lo que transmitió esta selección.

En los próximos días conoceremos cifras, balances y evaluaciones sobre la organización del Mundial. Habrá espacio para reconocer aciertos y señalar errores. Pero, en términos generales, México demostró que es capaz de organizar un evento de esta magnitud y hacerlo bien.

Ojalá que el entusiasmo que despertó la Selección no termine con el silbatazo final. Ojalá recordemos que, cuando dejamos de lado las diferencias y trabajamos por un objetivo común, somos capaces de sorprender al mundo y de sorprendernos a nosotros mismos.

Porque, después de este Mundial, quedó claro que México no sólo quiere ganar partidos.

¡México quiere volar!

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