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Platiqué anoche (la segunda parte sale hoy) con el geopolitólogo Francisco Gil Villegas para El asalto… en MILENIO tv sobre los reacomodos mundiales impuestos por Trump.

Me dijo que se negocian zonas, se delimitan influencias, se reconocen hegemonías y se normalizan atropellos con brutal franqueza:

“América para los americanos”, Rusia dominando Europa del Este, China con carta blanca para absorber Taiwán y “cogobernar” otras naciones asiáticas, e Israel habilitado como eje dominante del Medio Oriente.

Es el retorno descarnado a la lógica de las esferas de influencia del siglo XX maquillada con retórica de “seguridad nacional”:

Putin pasará de agresor a una especie de “administrador regional”; Jinping el ejecutor de una “reunificación histórica” e Israel como pivote de una estabilidad impuesta.

Con la democracia vuelta moneda de cambio, la autodeterminación se subordina a la estabilidad de los bloques.

Más que la crudeza del planteamiento inquieta su viabilidad.

La guerra en Ucrania demuestra que el orden legado por la guerra fría era más frágil de lo que parecía. Las instituciones multilaterales han perdido fuerza y los liderazgos fuertes —electoralmente legítimos o no–– avanzan con una narrativa de “grandeza nacional”.

Sin embargo, México parece no enterarse del giro tectónico: mientras se perfila un mundo de bloques pragmáticos, el obradorato insiste en guiños ideológicos a causas perdidas como la frustrada y decepcionante revolución cubana y el aberrante experimento de Daniel Ortega en Nicaragua (una deriva personalista con previsible y deseable desenlace letal).

En nombre de la rollera “solidaridad latinoamericana”, seguir alcahueteando a esos regímenes debilita la posición internacional de México.

La ambigüedad ideológica se paga cara.

Si en el hemisferio se impone el dominio estadunidense, ¿qué margen tendrá si sigue coqueteando con gobiernos bajo la demoledora mira de Trump?

El actual es un momento bisagra: o los países medianos redefinen con claridad su inserción estratégica, o serán absorbidos por la lógica de los grandes, preponderantemente la de Estados Unidos.

El gobierno de la presidenta Sheinbaum no puede darse el lujo de llorar por nostalgias revolucionarias cuando el tablero se mueve hacia unopuesto y descarnado realismo.

La pregunta no es si gusta o no el mundo que se avizora sino si hay margen o no para romanticismos ideológicos y discursos de museo.

Hay que definir con quiénes o con quién se alinea el país y bajo qué principios se esgrime la soberanía en un entorno donde las potencias no piden permiso.

El siglo XXI, que comenzó alentando la globalización cooperativa, se inclina hoy hacia cuatro-cinco imperios regionales.

Si no se abandona la tentación de hablarle al pasado mientras el poder transnacional se reorganiza en el presente, los mexicanos quedaremos atrapados en la periferia de todos los bloques, sin liderazgo propio, sin influencia real y con una retórica que ya no engaña ni a los niños…