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El humor público será un actor estelar del año que empieza. Las quejas mayores de ese humor tienen que ver con los problemas mayores de México: la corrupción, la impunidad, la inseguridad y la ineficacia del gobierno.

Los retos del gobierno de México para el año que empieza son en el fondo los mismos que el año anterior, pero agravados en la sensibilidad ciudadana y, por tanto, con menos margen de error en cada uno.

La sociedad mexicana vive el fenómeno característico de la acumulación: en el cuerpo maltratado, cada nuevo golpe duele más que los anteriores, y los golpes recibidos siguen doliendo, aunque no se reciban nuevos.

Un año de elecciones en la democracia mexicana es garantía de corrupción y dinero ilegal corriendo a manos llenas por las clientelas de los partidos competidores. Los escándalos de corrupción electoral denunciados por los propios competidores o revelados por la prensa, serán más caros para el PRI y el gobierno que para los demás.

Escándalos como la prisión de Humberto Moreira en España acabarán pesando en el ánimo público más que golpes de eficacia como la recaptura de El Chapo, o indicios prometedores como la mejora del crecimiento económico y el empleo.

Los homicidios y la inseguridad han repuntado levemente, pero muestran un descenso considerable, en casi todos los indicadores desde el año 2012, respecto de su pico histórico en 2011. La percepción de los ciudadanos sobre esos temas, en cambio, tiende a aumentar. Nuevos casos de violencia impune, aún si son menos graves que los acumulados, tendrán consecuencias públicas mayores.

Lo mismo puede decirse de los litigios pendientes del gobierno y de la sociedad mexicana en materia de derechos humanos (Ayotzinapa, Tlatlaya, Tanhuato): se mantendrán ahí si no se resuelven y cualquier nuevo brote, incluso si es menor, multiplicará el bienvenido clamor de castigo y justicia.

Todo esto plantea al gobierno una especie de situación continua de emergencia política, y al país un horizonte de mal humor público efervescente, de intensidad y medios de expresión desconocidos en sus alcances persuasivos.

Nada muy distinto de lo que hemos visto en los últimos dos años, pero agravado para el 2016 por los agravios, reales e imaginarios, acumulados.

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