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Y quizá sea pertinente explicarles cómo es que esa represión se produce. Es casuística, minuciosamente casuística. Van casa por casa y tocan justamente en las puertas designadas y hablan con toda claridad con el ciudadano que debe ser advertido. El mensaje es rústico, elemental si se quiere, pero de una enorme efectividad. No se te ocurra un invento, porque te la cortamos. Mira el hacha.

El anterior es un párrafo de El turno de los mortales, incluido El último disidente, libro de Norberto Fuentes (Condenados de Condado, Editorial Casa de las Américas; 1968 Hemingway en Cuba, Editorial Letras Cubanas; 1984, Plaza sitiada, Editorial Cuarteles de invierno, 2018, entre muchos).

Fuentes lo editó con Pedro Schwarze en 2008. Lo corrigió y actualizó en 2017. Pero, entre los 57 artículos, es El turno de los mortales el que sobresale por su feroz precisión al explicar cómo es el miedo, metido en el cuerpo de los ciudadanos, el motor impulsor de los regímenes autoritarios.

O sea, de países con presidentes que manejan el destino de sus gobernados con modos que están determinados por una visión de plantación, de finca, de bodega. “Un pueblo no se funda como se manda un campamento”, así describió José Martí el ímpetu de este tipo de dictadores.

Lo hizo en una carta al general Máximo Gómez fechada el 20 de octubre de 1884:

No voy a contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

La inquietud de Martí encarnó en Cuba 75 años después, en la figura de Fidel Castro, de quien escribe Norberto Fuentes en El último disidente (artículo No solo el poder y la gloria):

Nunca deja huellas porque todo se produce y manifiesta por el Estado. El principio es que lo maneja todo como su finca. A la hora de distribuir, él, desde su oficina en Palacio, se encarga de preguntar cuánto hay disponible. Luego procede a repartir “los buchitos” —es el lenguaje. Tanto para tal ministerio, tanto para el otro.

Pero esa manera de gobernar un país como una finca solo se consigue metiendo, antes, el miedo en el cuerpo a los ciudadanos: mostrándoles cada mañana una cabeza cortada a uno de ellos y seleccionada a placer por el dedo flamígero… posiblemente la noche anterior.

Y ya está plantada la dictadura:

No se te ocurra un invento, porque te la cortamos. Mira el hacha.