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Después del triunfo de la República en 1867, los liberales mexicanos arrinconaron al culto guadalupano. En 1869, la capilla del Tepeyac estaba a punto de cerrar por falta de limosnas.

Juárez mantuvo la fiesta nacional el 12 de diciembre, “pero permitió que sus partidarios liberales confiscaran el capital del santuario, despojaran a la capilla de gran parte de su plata y sus joyas, y cerraran el convento contiguo de monjas capuchinas” (David Brading, La Virgen de Guadalupe, Taurus, p. 448).

En 1876, la Virgen de Lourdes fue coronada reina de Francia en una ceremonia a la que asistieron 35 obispos, tres mil sacerdotes y más de cien mil laicos. Inspirados por ese ejemplo, los arzobispos mexicanos solicitaron permiso a Roma para coronar a la Guadalupana Reina de México, permiso que la Santa Sede otorgó el 8 de febrero de 1887.

Desde 1884, a partir de su segunda presidencia, Porfirio Díaz buscaba acercarse a la Iglesia como parte de su proyecto de reconciliación nacional, y vio con buenos ojos la idea, promovida desde Roma por el expatriado arzobispo Antonio Labastida y su sobrino, José Antonio Plancarte y Labastida.

Hubo una inesperada resistencia de parte del obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho, quien dijo que la coronación “sólo fomentará la superstición y la ignorancia en el pueblo”. Los arzobispos condenaron a Sánchez Camacho por su “modo de obrar y hablar contra el milagro”.

Pero la posición de Sánchez Camacho era también la del mismísimo canónigo del Tepeyac, Vicente de Paul Andrade, quien habló burlonamente de Juan Diego como el “gigante venturoso”, ya que en la tilma de la efigie guadalupana venerada, medía más de un metro ochenta, demasiado para el cuerpo de un macehual humilde, de estatura regular.

Andrade publicó también la carta que el historiador Joaquín García Icazbalceta había escrito al arzobispo, Antonio Labastida, diciendo que no había fundamento histórico en el relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

Peor aún: en 1890 Francisco del Paso y Troncoso reveló que la pintura del Tepeyac tenía un autor conocido en su tiempo: el Indio Marcos.

¿Cómo triunfó la Guadalupana contra sus malquerientes del momento? Mañana una memoria final.