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Recuerdo a Álvaro Matute como quizá no lo recuerda nadie, en una fiesta de los años 60 donde su madre Estela, infatigable y extrovertida crítica de cine, deambulaba alegrando las conversaciones de maestros y alumnos de la escuela de Ciencias Políticas de la UNAM, entre ellos Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, y sus memorables mujeres de entonces, Natacha Henríquez Lombardo, Mercedes Pascual y Julieta Campos.

Recuerdo a Álvaro Matute semiescondido en una esquina de la fiesta, fumando y mirando con ojos ardientes y labios tartamudos lo que sucedía frente a él, en torno de él, seducido y abrumado por la abundancia de la fiesta.

Parecía urgido de hablar, ávido de un interlocutor con el cual cambiar sus silencios. Por unos momentos fui ese interlocutor, yo, que venía vicariamente a la fiesta, llevado y abandonado por mi hermana.

Mi hermana se soltó de mi compañía apenas al entrar para perderse en el tumulto de sus amigos, dejándome solo en medio del llano donde el único rostro conocido para mí, pues lo había conocido en fiestas anteriores, era Álvaro Matute, solitario en la multitud.

Creo que no hablé nada con Álvaro. El intercambio de miradas incendiadas y absortas fue nuestra conversación esa noche.

Le costaba trabajo hablar entonces, lo mismo que a mí. No hablaba con facilidad sobre lo que pasaba ante sus ojos. Sus ojos hablaban por él. Miraba todo con un silencio iluminado y atento.

Creo que en la escena de aquella fiesta prehistórica estaba ya todo lo que iba a ser el historiador Álvaro Matute, una mirada atenta, ardiente y contenida sobre la fiesta desorbitada que nos rodea, la fiesta de la historia.

Álvaro Matute ha muerto anteayer, en medio de una prolífica y serena obra como historiador y profesor.

Su estirpe fue la de sus maestros, Eduardo Blanquel y Edmundo O’Gorman, y su talante aquel que Borges predicaba de Pedro Henríquez al conceder “el inmediato magisterio de su presencia”.

Leí citado estos días, en un libro de Michael Wood sobre Nabokov, un pasaje donde Cortázar dice que uno empieza a morir cuando se mueren sus contemporáneos.

Tiene razón.

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