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En los últimos días, casi un par de semanas, yo he estado cacareando en donde me dejan, que el entusiasmo de los aficionados mexicanos del fútbol en torno a los resultados de su Selección Nacional en la Copa Infantino que se está jugando ahora en tres países, incluido el nuestro, era excesivo.

Según la Academia de la Lengua Española, que sigue siendo Real, cacarear no es solamente reproducir el graznido del gallo o la gallina, sino también ponderar, alabar o exagerar algo. En mi más reciente manifestación respecto a la competición, llegué al extremo de escribir: “estoy casi seguro de que los sueños de avance de la fútbolada mexicana terminarán con el mes de junio, al son del marcador 0-2”. Puedo argüir, haciéndome pendejo solo, que le atiné al marcador. Solo que al revés volteado.

El último día del mes dedicado a Juno, diosa romana de la fertilidad, y en el Estadio Azteca que soñó y realizó mi amigo y segundo padre Emilio Azcárraga Milmo, la Selección Mexicana venció precisamente con ese marcador a la de Ecuador, eliminándola.

Sí. Me equivoqué.

Fallé en mi torpe análisis de probabilidades deportivas. La cagué.

Como afirman los que van a misa, yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado de pensamiento y palabra; vamos dejándolo ahí, porque de obra y omisión nunca se habló.

Ahora, el prontuario de frases latinas famosas dice que errar es humano; san Agustín le agregó que persistir en el error es diabólico. A lo segundo no le hago, y prefiero admitir mi culpa de ser humano. Dicha condición la reafirmo constantemente, porque cometo errores con frecuencia. Nunca me causa alegría tener que reconocerlo.

Pero quiero admitir que en este caso sí. No solamente reconozco mi error.

En toda mi prolongada vida, y en el período menor que he dedicado al deporte, específicamente el fútbol, JAMÁS había visto a una Selección Mexicana jugar de la manera impecable en que lo hizo el martes, haciendo gala de enjundia, voluntad, entusiasmo, esfuerzo, dedicación, integración y talento. Precisamente por eso, de manera excepcional, me da gusto haberme equivocado. Y en lo que queda de este torneo, espero que esta mezcla de jugadores con experiencia y muchachos con vocación rindan lo que su apasionada fanaticada espera de ellos, a cambio de celebrar masiva y agresivamente sus hazañas.

Sí, fanaticada, porque los que pudieron pagar un boleto al estadio y los que lo vieron donde pudieron son fanáticos, no aficionados. Son los fanos que resguardaban el templo a toda costa. Hoy, son los que lanzan en los estadios vasos con líquidos de procedencia ilícita sobre sus vecinos de abajo. Los que son capaces de golpear a quien porte una camiseta del equipo que no es el suyo. Aunque de la palabra fan suele hacerse sinónimo de aficionado, hay una diferencia que se llama violencia.

Comprendo la desbordada alegría de los mexicanos por el desempeño de sus futbolistas. Que llenen el Paseo de la Reforma, la Minerva, la Macroplaza y el recorrido hasta el Zócalo; que sean más de un millón, que se pongan hasta la madre de lo que quieran y gusten; que le den manteadas quijotescas a quien acceda y “quiera volar”, como las que le dieron a Sancho Panza al inicio de las andanzas.

Pero que no mueran seres humanos apachurrados por el entusiasmo febril o algunos otros… por balazos, eso sí no. Sobre el asunto decía ayer un amigo mío que tres asfixiados en México no son tantos; habría que contar los muertos en hechos similares en Londres o París. Yo, que para mí tengo que un muerto que no fallece de muerte natural, antes de que las balas y el desatino se hicieran causas naturales de muerte, un muerto es demasiado.

Debo entonces en mi mea culpa, volver al rito católico y al acto de contrición, que dice más o menos: propongo formalmente, ayudado de su divina gracia, enmendarme y jamás hacer pronósticos.

Si acaso, en el Melate, en donde también yerro. Y no me duele.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): No es motivo de suicidio la decisión de Donald Trump de vetar ayer la automática prolongación del T-MEC.

Sí es motivo de optimismo la decisión 6/3 de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos de darle pa’ tras a la decisión ejecutiva de Trump de privar de ciudadanía automática a quienes nacen en territorio de los EE. UU., como dice la Constitución.

En el primer caso, aunque el sucesor de Trump fuese Marco Rubio, nadie podrá insistir en el aislacionismo de Donald.

En el segundo, beneficia a millones de mexicanos que se fueron al otro lado a crear con sus brazos el país más poderoso del mundo.

El mundo va hacia la globalización, y ella es la base de la civilización.

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