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Algunas de las mistificaciones históricas de la Revolución mexicana tienen que ver no con los hechos sino con el poder que ha tenido entre nosotros el pensamiento oficial.

Sucesivos gobiernos posrevolucionarios añadieron significados, intenciones y proyectos a una Revolución mexicana irreal, hasta volver sus ocurrencias y añadidos parte de la historia de la Revolución ”real”, la que los mexicanos creen real.

El nacionalismo revolucionario fue un potente surtidor de mitos públicos, resistentes a la crítica y a la verdad.

El ejido, por ejemplo, una de las peores instituciones para la productividad en el campo, fue visto durante décadas como encarnación de la justicia agraria prometida por la Revolución.

Ineficientes y corruptos monopolios estatales fueron consagrados como baluartes de nacionalismo y soberanía.

La dignidad y la grandeza de la patria estuvieron depositadas alguna vez en la posesión gubernamental de los ferrocarriles, las líneas aéreas, los bancos, la compañía telefónica y alguna fábrica de bicicletas.

Todavía hoy, una mayoría de mexicanos, empezando por el gobierno, cree que la propiedad pública del petróleo y el dominio gubernamental de la energía eléctrica,  son pilares de la nacionalidad y de la buena economía.

El catálogo de creencias de lo que llamamos Revolución Mexicana fue la ideología nacional de México, el referente fundamental de la cultura política del país. Lo sigue siendo en gran medida, pues sigue pesando sobre nosotros como un horizonte mental no superado de nuestra historia.

El poder de aquel pensamiento oficial, durante décadas un verdadero pensamiento único, ha regresado con fuerza inusitada en la llamada 4T.

Es una desgracia que así sea. El horizonte ideológico de lo que llamamos Revolución Mexicana es de matriz corporativa, poco liberal y poco democrática. Tiene un trasfondo demagógico y populista que apenas puede ocultarse.

El nacionalismo revolucionario original fue paraguas de una época positiva para México, la de la estabilidad política y el crecimiento económico, durante el Desarrollo Estabilizador. Pero fue el amparo también de realidades abominables de nuestra historia moderna como la corrupción, el autoritarismo y la cultura de la ilegalidad.

No se ve que el nacionalismo revolucionario reciclado por la llamada 4T vaya a producir una época de estabilidad y crecimiento sostenido. Ya son visibles, en cambio, su autoritarismo, su corrupción y su ilegalidad.