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De seguir así las cosas de la política, cabe suponer que la contienda por la Presidencia quedará entre dos mujeres: Claudia Sheinbaum y Xóchitl Gálvez. Obvio que independientemente de cuál de las dos gane la Presidencia por primera vez en nuestra historia no tendremos lo que por imitación de la vida social y política estadounidense llamamos Primera Dama.

Habrá que ver en que deviene esta situación inédita en nuestra nación. Mientras tanto dedicaré esta columna a esa figura por la que nadie vota y que sin embargo en automático adquiere un poder irrenunciable: Primera Dama.

Recurriré a lo que leí hace tiempo, las dos bien documentadas ediciones de La Suerte de la Consorte de la historiadora, escritora, académica y periodista Sara Sefchovich, la primera edición de 1999 y la segunda del 2002, ambas publicadas por Editorial Océano de México; además, al best seller del periodista Francisco Cruz, Las Damas del Poder, publicado por Planeta, de reciente lectura.

Cito a este último: “Mientras que en la estrategia política, las primeras damas parecían cumplir con un papel protocolario, sin atribuciones oficiales y que las ubicaba en diferentes momentos como escoltas del presidente, en los hechos no fueron únicamente las mujeres que durmieron con el poder, sino, muy al contrario, son —cada una en su momento— las principales solapadoras, cómplices por omisión o silenciadoras de la represión, el saqueo y la destrucción del país”.

El libro del señor Cruz es una narración que va desde la señora María de los Dolores Izaguirre de Ruiz Cortines – Izarrugas de Ruiz Cartones, dijo el ingenio popular- (1952-58), hasta Angélica Rivera, la Gaviota (2012-18). Aunque la publicación es muy reciente no incluye a Beatriz Gutiérrez Müller, sea porque el período presidencial de su marido aún no concluye o, tal vez, porque desde que empezó el sexenio ella se declaró no primera dama.

La publicación de don Francisco está dedicada a la crítica de los presidentes a través de la narración paralela de la actuación de las primeras damas, algunas con soberbia rayana en la locura que provoca el poder; otras temerosas, con sentimientos de culpa y con ganas de que la presencia de su marido en la Silla del Águila terminara lo antes posible; hasta la que llegó a sentirse sucesora de su consorte. Todas, eso sí, a querer o no, empoderadas en un cargo informal “cuyos fines altruistas pasaron altas facturas al erario, fomentando ansías de aventura, amor, sed de venganza, dinero y afán de poder”.

Más dedicados a la historia y al aspecto humano de las esposas de los poderosos, pero sin eludir la crítica, resultan las dos ediciones de La suerte de la Consorte; en la segunda de ellas, la estudiosa señora Sefchovich se remonta hasta Azcalxochitzin, esposa de Nezahualcoyotl y otras mujeres prehispánicas como la viuda maya del Escudo-Jaguar, gobernante de Yaxchilán quien se mantuvo en el poder una década, mientras su hijo Pájaro-Jaguar se preparaba para asumir el mando.

En su excelente y exhaustivo ensayo, doña Sara, se sigue con las mujeres que acompañaron a Hernán Cortés, continúa con las consortes de los virreyes quienes se hacían llamar virreinas y luego con las de los presidentes, hasta los que tuvieron más de una mujer fuera por viudez o por libídine, para culminar con Martha Sahagún. Sin dejar a un lado a la Emperatriz Carlota y ni siquiera a doña Emilia Águila, esposa del usurpador Victoriano Huerta, “amable señora, ¿cómo fue que casó con ese hombre bárbaro y grosero?”.

En la coda de sus conclusiones la autora futuriza: “¿habrá un Primer Caballero de la Nación al que veremos abandonar profesión y trabajo propios para dedicarse a apoyar el de su esposa? ¿y será también la suya una labor gratuita y condenada a la incertidumbre y a la crítica, al olvido y al fracaso?”

Punto final

¿A qué te dedicas?

Soy traficante de órganos.

No tienes corazón.

¿Es crítica o pedido?