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La lluvia es un fenómeno atmosférico que se inicia con la condensación del agua en vapor. Ese vapor forma las nubes. El calor atmosférico origina el ascenso de éstas y su enfriamiento transforma el vapor en agua. Como ésta pesa más que el vapor vuelve a la superficie terrestre en forma de lluvia.

La precipitación de la lluvia se mide en milímetros de agua o en litros caídos por unidad de superficie. Esto es, la medición se expresa en milímetros de agua y equivale al agua que se acumularía en una superficie horizontal e impermeable durante el tiempo que dure la precipitación o solo en un período de la misma. (Un milímetro de agua de lluvia equivale a un litro de agua por metro cuadrado).

El excelente periodista y escritor José Alvarado (1911-74) escribió que hay mucha literatura sobre el tema de la lluvia, como “la cita un poco manida de Paul Verlaine: ‘Llueve sobre la ciudad como llueve dentro de mi corazón’”. Agrego yo el principio de un soneto de Jorge Luis Borges: “Bruscamente la tarde se ha aclarado/ Porque ya cae la lluvia minuciosa/ Cae o cayó. La lluvia es una cosa/ Que sin duda sucede en el pasado”; y, por supuesto, que en el catálogo de creaciones pluviales entran populares boleros como “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero o el huapango ranchero “El aguacero” de Tomás Méndez.

Pero la lluvia que hoy ha inundado e invadido de desgracias varias localidades del país, va más allá del fenómeno atmosférico y del entusiasmo lírico o literario. Los damnificados por las excesivas lluvias, las deficientes y envejecidas instalaciones y construcciones y la falta de previsión, no están “para comparar doloridamente, el agua sobre la ciudad con la lluvia dentro de su corazón”. Allí donde han llovido sapos, donde el agua se ha convertido en ríos de lodo, fracasa la poesía y se anega la inspiración popular.

Las inundaciones sufridas en las diferentes regiones del país ponen a flote la miseria en la que viven las personas menos afortunadas de nuestra Nación. Las que según el eslogan publicitario de varias campañas iban a ser atendidas antes que nadie.

Las aguas negras se han desbordado y formado indomables ríos donde flotan, simulando indigentes barquillas, roperos y colchones, mesas y sillas, ropa y efectos personales. Se perdieron las cosechas y también personas, sobre todo niños y ancianos. El aire huele a deceso y a excremento.

El hambre, la enfermedad y la muerte llegaron antes que el auxilio.

Traigo de regreso la prosa, que linda con la literatura, de don José Alvarado: “Los muros se derrumban, algunos techos son islotes de desesperados y miles de humanos son presos del agua. El miedo, el dolor y la amargura transitan en el viento y todo, entre la humedad y el olor a cieno vuelve a ser elemental (…) Todo como para poner en entredicho todas las frases sobre el progreso del país y ver, con ironía, las curvas ascendentes de las gráficas estadísticas. Pobreza, basura, fealdad en tiempos normales; miseria y desdicha con la inundación. Asamblea de carencias en los días buenos, tropel de desgracias en las malas noches”.

Con el agua hasta las rodillas, los alcaldes, gobernadores y dirigentes federales, simulan que trabajan preocupados. Luego vendrá el dinero para la reconstrucción y la ayuda para los damnificados que engordarán más de una cuenta bancaria, aunque se diga que la corrupción está erradicada.

Termino con una frase del cronista invitado de hoy, José Alvarado: “El agua se ha convertido en el personaje de un relato sombrío y la lluvia en un motivo de duelo”.

Humor

– Amor, en dos horas voy para la casa. Estoy con mi madre.

– Ven ahora mismo o cambio la cerradura para que no vuelvas a entrar.

– Relájate, mi amor. ¿Qué estás con la regla?

– No, no estoy con la regla, estoy con tu madre.