Este es un artículo personal. Lo escribo un poco por desahogo y un mucho para delatar las tropelías de las que fuimos víctimas mi familia política y yo, concretamente mi esposa. También lo redacto con la esperanza de que la Procuraduría del Consumidor y las secretarías de Salud y de Hacienda tomen cartas en el asunto porque no se vale lucrar con el dolor que implica la pérdida de un ser querido de manera tan descarada. Además, quiero advertir al lector de lo que son capaces de hacer los mercaderes de la muerte.

El pasado viernes, a las diez y media de la noche falleció mi querida suegra. Con la pena que la abrumada, mi mujer, quiso hacer valer el contrato de compra-venta –No. 101587208— de servicios funerarios, para dos personas, que acordara con la agencia Gayosso, el 8 de junio del 2011 con un costo de 87,515.50 pesos, IVA incluido. En el mismo se estipuló, ante Notario Público, que la agencia brindaría los siguientes servicios funerarios: Ataúd Tec-04; Servicio Funerario Estándar; Servicio de cafetería Standar (sic); servicio de embalsamado, aseo vestido y maquillaje; servicio de cremación; urna Argentum. El contrato señala en la primer cláusula que “el servicio funerario se otorgará en Félix Cuevas No. 810 Col. Del Valle, México DF”.

Mientras la familia de mi mujer se reunía en el domicilio de mi suegra, me hice cargo de dar cuenta a la agencia del fallecimiento, así como informarme de los trámites a seguir. Me comuniqué con una señorita que tomó nota del número de contrato y me dijo que en 30 minutos, máximo 40 —como si fueran pizzas— se comunicaría conmigo un “Consejero Familiar”. Minutos después la misma señorita me habló para decirme que en ese momento y hasta las 18.30 horas del día siguiente –sábado— era imposible dar el servicio en Félix Cuevas como estaba acordado. Pero que en ese momento estaba desocupado el velatorio de la Colonia Roma. La familia accedió, por rapidez, a que los servicios fueran en este último sitio.

Yo seguí esperando la llamada del “Consejero Familiar”. A partir de la media noche, a más de una hora de la promesa de que éste se comunicaría, llamé repetidas veces a la funeraria recibiendo por respuesta: “de momento nuestros ejecutivos están ocupados”. Mientras esperaba fui sometido a una retahíla de hipócritas frases que a fuerza de escucharlas producen enojo. Por fin, una hora después del primer contacto, contesta un “ejecutivo” que no tiene la menor idea del caso. Tengo que volverle a explicar. Levanto la voz. Me dice que me va a contactar con la agencia de la colonia Roma. Espero. Una voz de mujer está al teléfono, tampoco tiene idea del motivo de mi llamada. Muestro mi enojo. La telefonista lo percibe y me dice: Tengo que atender a un cliente. ¿Y yo que soy? Pregunté. Enseguida se pone al teléfono el señor Antonio Zamora, él sí sabe del caso porque es el “Consejero Familiar” designado. Le reclamo el retraso en la llamada. Como pretexto argumenta que no se ha comunicado por falta de datos de la “homenajeada” ¿Qué no para eso se iba a comunicar? ¿Quién le va a dar los datos, el Espíritu Santo? Lo pongo en contacto con mi esposa. Le preguntan hasta el grado académico de la “homenajeada” —jamás dicen muerta—. El señor Zamora se hace cargo de mandar al médico que certifique la defunción. Al filo de las dos de la madrugada el doctor –un jovencito con bata de la secretaria de Salud y un tapabocas de la agencia de marras- se tarda tres minutos en constatar la muerte. Poco después llega el personal de la agencia para llevarse el cadáver. Prometen entregarla lista para homenajearla, eufemismo por velarla, a las siete de la mañana. La entregan una hora tarde. Los que si están a las siete son mi esposa, con la pena y sin haber dormido y el “Consejero Familiar” —eufemismo de vendedor despiadado—. Sin mencionar el costo de los “servicios extras” manipula el lenguaje de forma tal que mi mujer piensa que algunas de las cosas ofrecidas forman parte del paquete ya pagado. Le sugiere un homenaje fotográfico. Mi esposa le hace ver que trae una fotografía. Justamente la ampliamos y preside el homenaje –dice el buitre. Mi atribulada esposa acepta. Después supimos que esto tenía un costo de 4,000 pesos. Buscamos en Internet, en un lugar especializado hacer este trabajo cuesta 395 pesos. Además el buitre Zamora insistió en un desayuno para diez personas. Mi mujer le hace ver que a esa hora iban a incinerar a su mamá. Bueno, se los traemos de refrigerio en la tarde —dijo el consejero de la muerte— y los apuntó al pedido. El refrigerio constó de una bebida de naranja; un yogurt con granola, una minipieza de pan dulce, un croissant de jamón y queso. En una tienda los cuatro productos juntos cuestan, alrededor de 40 pesos, la agencia cobró por 10 raciones 2, 890 pesos.

Hice saber al lector lo que incluía el contrato firmado y pagado por mi esposa en el año 2011, pues además de eso los mercaderes de la muerte cobraron por trámites de cremación 4,340 pesos; gastos de gobierno 1,280 pesos —¿el gobierno cobra por un muerto?— Copia del acta de defunción 2,550 pesos. Certificado médico 3,975 pesos. Cuando mi mujer y su hermana vieron la urna para las cenizas, lo más parecido a una caja de galletas que correspondían al paquete pagado, optaron por hacer un cambio a una urna llamada tradicional con un costo de 3,975 pesos. En total de gastos no contemplados en el contrato se pagaron 22,780 pesos con el IVA incluido, de los cuales entregaron una nota de remisión. Cuando mi esposa, que está en suspensión de actividades ante Hacienda, pidió una factura a mi nombre le dijeron que eso era imposible porque que la que hizo el pedido fue ella.

Puesto que el contrato firmado era para que la persona fallecida fuera velada y cremada en Félix Cuevas, no en la colonia Roma en un lugar de menor categoría, ni siquiera tiene rampa para silla de ruedas, sin crematorio —mi querida suegra fue cremada en el Panteón Español—, deberían de hacer una compensación económica. Pero para hacer eso se necesitan ética, honestidad y decencia, palabras que no existen en el diccionario de los mercaderes de la muerte.

¿Alguien sabe lo que hace la funeraria con los arreglos florales que, en algunos casos, quedan en las capillas?