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Hay documentos que se escriben para ordenar ideas y otros que se redactan para imponer la Ley de Herodes (*).

La National Defense Strategy 2026 pertenece claramente al segundo grupo.

No es un texto para explicar el mundo, sino para recordarle quién tiene la capacidad de imponer orden.

La Estrategia de Defensa Nacional, en términos simples, es el manual donde Estados Unidos define qué amenazas reconoce, qué regiones le importan y qué países deben empezar a hacerse cargo de sí mismos.

Cada administración publica la suya, pero no todas dicen lo mismo. Algunas hablan de cooperación, otras de liderazgo compartido. Esta habla de fuerza. Mucha fuerza. En su núcleo aparece el concepto de “peace through strength”, la paz a través de la fuerza. No como resultado de consensos, sino como consecuencia directa de la superioridad militar que tienen.

La diplomacia existe, siempre y cuando tenga con qué respaldarse militarmente. La prioridad absoluta es su “Homeland”. El texto insiste en que durante décadas Estados Unidos se distrajo en guerras lejanas mientras descuidaba su propio territorio. La corrección de ese error implica blindar, al estilo Trump, el hemisferio occidental y tratar cualquier amenaza cercana como un asunto existencial propio.

América Latina aparece en el documento asociada a la presencia de “narco-terroristas” y organizaciones criminales transnacionales. La Estrategia plantea que Estados Unidos actuará de buena fe con sus vecinos, siempre que estos “hagan su parte” en la defensa de los intereses compartidos y, al mismo tiempo, establece que cuando los socios “no pueden o no están dispuestos a cumplir”, Washington se reserva el derecho de actuar por cuenta propia mediante acciones “focalizadas y decisivas”, una lógica que el propio texto presenta como ya demostrada con Venezuela y Maduro.

Dicho de otra forma: te lo digo, Juan, para que lo entiendas, Pedro.

Este énfasis en la fuerza no es casual ni retórico. Refleja una visión del mundo que, dentro del trumpismo y exteriorizado por personajes como Stephen Miller, Jefe adjunto de personal para políticas y Asesor de Seguridad Nacional del presidente Trump, encarnan esa lógica sin medias tintas: el uso de la fuerza no es el último recurso, sino la herramienta principal.

China concentra la atención estratégica global.

No es llamada enemiga, pero es tratada como tal. Aclara que su objetivo “no es dominar a China, ni estrangularla ni humillarla”, sino impedir que “nadie, incluida China, pueda dominarnos o a nuestros aliados”.

De lo más revelador en el documento, es el espacio dedicado a los aliados. La Estrategia no habla de solidaridad, sino de reparto de responsabilidades. Quien no invierta lo suficiente en su defensa deja de ser un socio prioritario.

Leída sin adornos, la National Defense Strategy 2026 es brutalmente clara. Estados Unidos ya no pretende convencer al mundo ni esconder intereses detrás de las letras, sino decir las cosas de frente para que todos entiendan “cómo nos vamos a ir entendiendo”. Habrá quien lo interprete como cinismo y quien lo defienda como absoluta transparencia, pero lo cierto es que no ofrece solidaridad, ofrece advertencias. No propone equilibrio, propone superioridad. El manual para salvar al mundo no promete paz. Promete fuerza suficiente para que nadie se atreva a ponerla en duda. Y en este mundo en constante cambio, la pregunta ya no es quién dialoga mejor, sino quién tiene la capacidad de imponerse.

(*) O te chingas o te jodes.

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