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Monte Alejandro Rubido informó ayer que la necropsia hecha por la Fiscalía de Guerrero indica que el profesor Claudio Castillo Peña murió a consecuencia de un severo “aplastamiento” que le fracturó las costillas, le perforó los pulmones y le provocó un “profundo” traumatismo de tórax, y no de un supuesto “traumatismo craneoencefálico”.

De ser otra la causa (incluida una probable y mortal tunda policiaca), ante la magnitud de las movilizaciones, bloqueos y violencia que se ha visto en la secuela del caso Iguala, sería demencial que el comisionado nacional de Seguridad se atreviera a fabricar una mentira.

Cuatro horas antes, sin embargo, el secretario de Protección Civil de Guerrero, Raúl Milliani Sabido,  había dicho que el profesor fue trasladado por paramédicos la noche del martes, minutos después del desalojo, “con traumatismo craneoencefálico y una herida abierta por golpe en cráneo…”.

La evidente contradicción amerita una reacción inmediata para evitar, no que el comisionado Monte Alejandro Rubido, sino todo el gobierno de Enrique Peña Nieto, quede bajo sospecha de inventar una descomunal marranada.

Esperar a que los deudos del profesor y de los normalistas asesinados hace cinco meses hagan bandera una “exigencia” semejante sería lo peor: ¿forenses argentinos? ¡Por supuesto!… Más todas las instancias de prestigio y eminencias (nacionales o no) que se requieran para que, si no ha ocurrido con los estudiantes victimados por vulgares delincuentes, tampoco prospere la idea de que el profesor fue “asesinado” por “el Estado mexicano”.

Según el comisionado, fueron como 4 mil 500 personas (muchas blandiendo palos y tubos) las que, como se lee en esta edición, basadas en “ocultamiento de información” por parte de sus líderes (“comisiones políticas” de la Montaña y la Costa Chica), pretendieron tomar el aeropuerto internacional de Acapulco.

Y a la hora del desalojo, como suele suceder en movilizaciones tumultuarias pastoreadas por cobardes, “los manifestantes movilizaron a niños y mujeres al frente del contingente…”.

Hasta donde van las cosas, lo más importante es que “la causa” de quienes medran económica y políticamente de las desgracias no se salgan con la suya: tener un muerto incidental para venerarlo como “mártir”.