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Hoy escribiré en nicaragüense, mi acento materno. Existen máquinas del tiempo que no disponen de puertas ni tableros de control, la sinestesia golpea cuando menos te lo esperás; la humedad, el calor y el petricor me recuerdan a palos que soy una exiliada. Los países huelen, así como las emociones. Dispongo cajones en mi memoria olfativa que abro y cierro involuntariamente y me conducen a tiempos pasados, al amor.

Según la RAE el concepto sinestesia, —en términos psicológicos— “es una imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente”. Los olores y los sabores andan juntos en bicicleta, uno pedalea y el otro toma el volante, trepan a los árboles y se raspan las rodillas, como en la película de Ratatouille, donde el crítico culinario Anton Ego —de refinadísimo paladar— huele y prueba el guisado de verduras cocinado por la rata chef Remy y viaja como relámpago a la cocina familiar de su infancia —aquel lugar donde su madre le preparaba ratatouille. Lo mismo ocurre en la novela de Proust En busca del tiempo perdido, cuando al narrador le vienen de golpe y porrazo los recuerdos de su infancia al comer una magdalena acompañada de una taza de té; el olor, el sabor y la textura del bollo lo hacen abrir esa gaveta de la memoria de su niñez, cuando viajaba con sus padres a casa de la tía Leoncia. En ese momento el narrador cruza un túnel donde el tiempo no podría ser más relativo. La imagen de la magdalena irrumpe en nuestra adolescencia, Nacho Cano sabe que su “María se moja las ganas en el café, magdalenas del sexo convexo…” 

Escuchás una canción, un ritmo te lleva de nuevo al mar, aquellos días en los que comías arena y dentro de tu vestido de baño se acumulaban grumos arenosos que tu madre tenía que quitar a golpes de toalla porque restregándolos te dejaba la piel enrojecida y más ardiente de lo que lo hacía el sol. 

Y mirás un cielo que no es azul intenso sino celeste, una parvada de zopilotes juguetones le hace cosquillas en los sobacos y él llora a carcajadas, sabedor que en el invierno nicaragüense llueve todos los días. Y oteás un Pacífico de aguas de cacao y tiste que dan ganas de tomártelo en un vaso con hielo —envuelto en una servilleta de papel para guardar sus sudores escurridos—. 

Pero no todo es nostalgia y tiempo pasado: acarreo una revolución en mi músculo cardiaco que me hace extrañar a mi madre tierra biológica, pero también me hace amar y besar la frente de mi madre patria adoptiva. Del gallopinto, los nacatamales y el café con leche, celebro el dulzor del mole y del café de olla, lo crujiente y lo acidito de los chapulines y los gusanos de maguey. 

Todas esas sensaciones caben en un segundo atrapada por la sinestesia. 

Gustavo Cerati compuso su vida con tres palabras: Siempre es hoy. Esa frase que ondea como bandera cada segundo que derramo, contiene mi ayer, hoy y siempre, y se suspende en la máquina del tiempo que capitanea mis sentidos.