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Como si la hubiesen sorprendido, cuando tuvieron que haberlo sopesado con todo el tiempo del mundo.  En cualquier parte del país existen grupos de personas descontentos, que tienen entre sus manos un tema no resuelto, que habrán de buscar a la primera mandataria con la esperanza de que lo resuelva a favor.  O, por lo menos, de enterarla y por ese motivo algo cambie.

El gobernador tiene que haberlo previsto, la titular de Gobernación, los asesores que viajan los fines de semana con ella, muchos funcionarios tenían, forzosamente que prever que la Presidenta de la República iba a ser detenida por un grupo de quejosos. Creo, no quedó establecido con claridad, por la construcción de una planta de basura.

Frente a ellos, tampoco entiendo muy bien para qué provocarlos, el enojo presidencial.  Que cada día se está convirtiendo en algo más común de lo aconsejable.  Con los ademanes propios de la doctora Sheiunbaum, con el manejo de manos y de dedos que igual pretenden callar que señalar, con su regaño, con su petición de que callasen para escucharla…

Y frente a esta escena del todo innecesaria, desgastante a priori, la expresión de una mujer asegurando en la cara del poder presidencial que, entonces, se va a actuar en contra, lejos del pueblo.

Y, como si fuese poco lo vivido que debe haberle arruinado su fin de semana, la magnificación en medios de comunicación de sus expresiones, autoritarias, en contexto o fuera de contexto, expresiones autoritarias.

Que no acercan a la primera mandataria con el pueblo bueno que tanto la quiere según las encuestas.

Lo más importante es que no había necesidad.  Que todo debió haber sido previsto e, incluso, resuelto con anterioridad a su gira.

A ese paseo dominical en que, según sus palabras, lo importante era hacer la entrega de una casa.  Es decir, entregar al pueblo bueno uno de los logros de su gobierno. Esa es su realidad favorita, la que intenta que no se contamine con otras donde la gente, esos mismos votantes, esos mismos beneficiados de sus programas sociales, se quejan, la recriminan, le exigen, actúan frente al poder presidencial como siempre lo han hecho. Lo que no debería ser nuevo para quien lleva mucho tiempo en el poder, primero en la CDMX y ahora en Palacio Nacional.

Los señalamientos duros, rígidos, de sus manos, de su dedo flamígero que pide callar a su auditorio, están a punto de tomar la delantera en la construcción de su imagen como gobernante.

Esto, también, es tema de comunicación social.

O de la ausencia de un trabajo eficiente de comunicación social.

La actitud del gobernador de Puebla, los brazos cruzados, la inercia total, el cubrirse a sí mismo, define el tipo de colaboración, apoyo, ayuda, que tiene la Presidenta.  Supongo que por eso se enoja tanto.

Está a tiempo.  Si es un tema de carácter está a tiempo.  Si es algo mucho más serio, y sus manos reflejan la necesidad de soltarse, de ser libres, si sus dedos exigiendo respeto, silencio, obediencia, tienen otro destinatario, también está a tiempo.