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Me escribe Rodrigo Negrete, amigo y colega diarista, sobre mi columna del lunes: Los dos campos mexicanos. Me sorprenden para empezar las cifras que me da, porque indican una tendencia:

Hay 7.5 millones de personas que viven del sector agropecuario, un 13.8 por ciento de la ocupación total del país, que es de 54.2 millones de personas.

Solo 2 millones de esos 7.5 se dedican a la agricultura temporalera de subsistencia, una población que se mantiene estable desde 2005, y que representa el sector más desprotegido e improductivo del campo mexicano.

Los promedios de edad del sector agropecuario no son la mejor de las noticias para una actividad económica que requiere todavía de gran esfuerzo físico.

El promedio de los ocupados en el sector temporalero de subsistencia es de poco más de 52 años.

Se imponen dos preguntas ante estos datos, dice Negrete: ¿se le puede apostar a este sector para lograr en el futuro mayor autosuficiencia alimentaria, como parte de una política agropecuaria? O más bien, ¿se debe pensar en él como una red de pensionados rurales, parte de una política social?

Los precios de garantía mezclan equívocamente las dos cosas: protegen la improductividad del campo y subsidian a quien de otro modo no podría sobrevivir como unidad económica.

La trampa de largo plazo de esta política, dice Negrete, más allá de sus costos fiscales, es que ancla a los jóvenes en comunidades que no tienen futuro y de las que no se pueden mover, pues la ayuda está ligada a su arraigo.

Fue lo que sucedió, recuerda Negrete, con la Inglaterra del primer tercio del siglo XIX y los efectos contraproducentes de su llamada Ley de pobres, descrita con elocuencia por Karl Polanyi en La gran transformación (FCE, 1992).

Los subsidios rurales alivian de la pobreza a quien los recibe, pero también atan a los individuos, escribe Negrete, a actividades productivas “a las que ya no deberían apostar…

“Al cabo de un tiempo, los ahora jóvenes dejarán de estar dentro del ciclo de vida de mayor plenitud para el trabajo y, no tendrán sino esas unidades que ahora atenderán añosos, reproduciendo un ciclo transgeneracional premoderno”.