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Mantener una buena relación con México le permite a Estados Unidos tener un mercado controlado.

Cuando Donald Trump iba a tomar posesión como presidente de Estados Unidos, inició una muy agresiva campaña que combinaba estímulos e intimidaciones para lograr que empresas de capital estadounidense establecidas en México regresaran sus manufacturas a aquel territorio.

Por esos días México seguía en el centro de su estrategia y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) era su villano favorito. En especial dirigía sus peores ataques al sector automotriz.

El primero que dobló las manos ante la oferta-amenaza de Trump fue Ford Motor Company. Sin importar que ya tenían en marcha una inversión millonaria en San Luis Potosí, anunciaron la suspensión de esos planes de expansión de las operaciones en México para regresar a Michigan.

Entre otros hay que darle las gracias a Ford por su contribución para que en aquellos días de enero la cotización cambiaria superara 22 pesos por dólar.

Desde entonces a la fecha, Ford perdió a su director ejecutivo y, de hecho, a buena parte de su plantilla directiva y al parecer también le perdió el miedo a Donald Trump y quizás hasta un poco de pudor.

Es un hecho que el Trump de principios de año no se parece mucho al presidente que llega a este verano. El desgaste es notorio y la atención la tiene fija en otros frentes como el de la obstrucción a la justicia y los vínculos de algunos integrantes de su pasada campaña presidencial con rusos.

Es un hecho, también, que la nueva directiva de la armadora busca optimizar las ganancias de la alicaída empresa. Y tan solo cinco meses después de anunciar que cancelaban la inversión en San Luis Potosí para llevar la producción de su modelo Focus a Wayne, Michigan, deciden que mejor se van para China.

Así que este modelo no será ni para Dios ni para el diablo, será para los chinos. El argumento es que se van a ahorrar 1,000 millones de dólares.

Esto no será solo porque los chinos cobran menos que los mexicanos y apenas una fracción de lo que cobran los trabajadores estadounidenses, sino porque armarán cadenas de suministro con productos chinos.

Más que enojarse con Ford, ya la mala calidad de muchos de sus modelos habla por ellos, hay que agradecer que tomen esta determinación porque puede ser benéfica para la causa estadounidense.

El primero que queda como pelmazo es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, porque le vieron la cara.

Pero esta acción es el mejor ejemplo de cómo las empresas que buscan precios competitivos de producción deberían mejor voltear al territorio TLCAN, donde se garantizan reglas de proveeduría y acceso a los mercados y no correr a China, donde Estados Unidos no tiene ninguna influencia.

El día que Trump le quiera poner aranceles al Ford Focus hecho en China, desde Beijing el poderoso gobierno central de Xi Jinping le va a mandar algún mensaje disuasorio de tal medida que seguro la va a retirar.

Mantener una buena relación con México le permite a Estados Unidos tener un mercado controlado, con reglas más estrictas, con un alto grado de integración regional y con un país fácil de controlar comparado con los chinos.

Si tan solo hubiera dejado Trump a Ford dejar hacer su planta en San Luis Potosí, hoy no tendría que enfrentar la vergüenza de perder frente a los chinos. Así que gracias a esta armadora por hacer repensar la relación con México y Canadá a su presidente.