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La semana pasada un grupo de intelectuales publicó un desplegado en contra de “la deriva autoritaria” y por la “defensa de la democracia”. En su respuesta, el presidente López Obrador los acusó de defender el modelo neoliberal y de intentar restaurar el antiguo régimen.

De no haber sido por esa reacción, el desplegado no habría dado mucho de qué hablar. Y, aun así, la nota acabó por perderse en el cúmulo de información cotidiana, en una clara revelación de cómo ha cambiado el papel de los intelectuales en México.Muchos de quienes suscriben el desplegado fueron actores clave en el proceso que dio paso a la alternancia en el poder.

La historia de esa transición, sobre todo en las últimas dos décadas del siglo pasado, no estaría completa sin sus escritos e iniciativas. Tenían relevancia política y eran referentes obligados tanto para los gobiernos en turno como para sus opositores.

Pero esa trascendencia quedó en el pasado; en parte porque ahora encaran a un gobierno que no busca su aprobación ni necesita que lo legitimen.

Tal vez también influye que los cambios políticos no coinciden con una renovación en el mundo intelectual ni con el surgimiento de nuevas voces en ese campo.

Sin embargo, me parece que lo fundamental es el contexto de las críticas y opiniones. Las pocas voces que se atrevían a cuestionar al poder se han multiplicado. Aunque no siempre con la profundidad del argumento intelectual, el juicio al poder ahora es generalizado e incluso despiadado.

Así como en el viejo régimen de partido hegemónico había que esperar las revelaciones semanales de Proceso, también había que considerar lo que planteaba la intelectualidad. En el torbellino informativo actual, las noticias, la crítica y el choque de opiniones son inmediatos y no esperan a nadie, por profundos que sean sus argumentos.

Las redes han potenciado esta situación. Y en ese mundo, el impacto ya no radica en la solidez de los argumentos. A veces pesa el influjo y la popularidad de ciertas personalidades, como se vio con la intervención de Guillermo del Toro para salvar al Fidecine. Pero más frecuentemente, en el “enjambre digital”, todo se reduce a la incesante competencia del hashtag.