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Aunque ya no sorprende nada que diga o haga Donald Trump, su desdén hacia María Corina Machado al afirmar que no tiene apoyo ni respeto popular y por eso no está al frente de Venezuela es ruin y simplón.

Lo preocupante es que ese juicio calumnioso tenga eco en gobiernos que se dicen democráticos, incluido el de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien da por desahuciada a la oposición venezolana.

“¿Qué pasó también con la oposición en Venezuela y lo que hizo Estados Unidos con la oposición de Venezuela…?”, ironizó ayer.

La razón me parece clara: Machado no cuenta y, por tanto, no merece respaldo ni cortesía de la mandataria mexicana, que ni siquiera tuvo el gesto elemental de felicitarla por su merecido Premio Nobel de la Paz, como si el reconocimiento fuera un estorbo para la narrativa de que en Venezuela no hay alternativa viable a la peste del chavismo-madurismo.

Dar por muerta a la oposición venezolana no solo es muestra de ignorancia política, sino una afrenta al sentido común.

Venezuela no es el régimen que la oprime, sino un país secuestrado.

Confundir a la víctima con el victimario es una forma refinada de cinismo diplomático.

Asumir que porque no encabeza el gobierno en las primeras 72 o 96 horas posteriores a la captura o secuestro de Maduro la oposición quedó descartada, es fingir no entender cómo funcionan los regímenes autoritarios cuando se descabeza a la tiranía.

La designación de la vicepresidenta Delcy Eloína Rodríguez Gómez como sustituta del dictador no significa la fatal continuidad del desastre, sino un paliativo de emergencia para que el país no colapse.

Venezuela debe seguir funcionando (o malfuncionando) con quien sabe qué interruptor no apagar, qué cuartel no provocar y qué burócrata no humillar.

Por desgracia esos saberes están en manos de los chavistas-maduristas, no de una oposición sistemáticamente perseguida, encarcelada y exiliada.

Trump ya le dejó claro a la sucesora de Maduro: que debe alinearse con Washington o puede acabar peor que su ex jefe.

La sola advertencia abre la puerta a un ajuste de cuentas interno: la explicable remoción del comandante de las Fuerzas Armadas, Vladimir Padrino López; del peligroso Diosdado Cabello, Rondón, del hermano de Delcy Eloína que preside el Congreso, Jorge Jesús Rodríguez Gómez, y hasta de Nicolasito, hijo de Maduro, símbolos de la herencia dinástica del golpista Hugo Chávez.

En vez de ser impensable, me parece parte del guion.

Que el discurso inaugural de la nueva presidenta haya sido chavista-madurista no elimina la posibilidad de que figure entre quienes traicionaron al déspota y facilitaron su localización y la lealtad suele durar lo que la conveniencia.

Pensar que lo que hay ahora será eterno es una necedad: Maduro fue un usurpador y su caída activó un proceso que apenas comienza.

Conviene no engañarse: el interés de Trump no es la democracia ni la pureza electoral, sino el petróleo, pero nada de lo que está sucediendo en Venezuela convierte a la oposición de María Corina en un cadáver político…