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Al almirante secretario, Raymundo Pedro Morales, le ha tocado bailar con la más fea, sin siquiera pedir sin invitado a la fiesta.

Después de la grave crisis por los descubrimientos de corrupción en su institución, sin ser bajo su mando directo, de la que salió bien librado por una actitud de valentía y transparencia, llegó la pesadilla inmensa del descarrilamiento del tren.

En un grave desfasamiento de tiempos, con una pésima comunicación que insistió en llamar “evento” a una tragedia, la avalancha de la percepción como sinónimo de la realidad se le vino encima, y puede sepultarlo.

Los tiempos de la fiscalía general de la República no lo ayudan, antes, al contrario, parecería que la lentitud y el también mal manejo de comunicación operan en su contra, de su persona directamente por su involucramiento en el proyecto, y en contra de la Institución que encabeza, ya muy golpeada.

¿Se descarriló el tren por responsabilidad de SEMAR? ¿Se descarriló el tren por omisión o corrupción durante el tiempo en que el almirante Morales estuvo a cargo del proyecto? ¿Se descarriló el tren por la presencia del hijo de López Obrador?

No lo sabemos. Y el imaginario popular ha dado por sentado todo lo anterior, y peores cosas.

A eso debe sumarse, cerecita del pastel, el reportaje que presentó Loret de Mola con los contratos otorgados a un amigo, seguidor, persona cercana al anterior mandatario. Por el balastro, por participar en la construcción de este ferrocarril. Aunque en los hechos este contrato se haya otorgado, igual que otros, de manera legal, conocer su existencia no contribuye a la buena imagen institucional.

Le urge aclarar todo al Almirante Morales. Y al gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum.

Le urge urgentemente cambiar la percepción, insisto percepción como sinónimo de realidad, de corrupción, favoritismo, malos manejos, mal material en el tiempo en que se construyó este ferrocarril, lo que habría devenido en el trágico descarrilamiento, y la muerte de catorce personas.

Para hacerlo necesitan que se termine la investigación. Que puedan pagarse las indemnizaciones a las víctimas. Y, sobre todo, se requiere de un programa integral de comunicación que va mucho más allá de los asesores extranjeros de Presidencia, de los controles de Jesús Ramírez Cuevas, de sus fallidas estrategias.

El tema pertenece a SEMAR. Y debe ser comunicado por SEMAR, de forma transparente, inequívoca, ofreciendo disculpas si fuese necesario. La sociedad necesita conocer toda la realidad, desandar los entresijos de la gran tragedia del descarrilamiento. Necesita la verdad para comenzar a entender qué fue lo que realmente sucedió.

Verdad que comienza por asumir, todos, que los marinos, los militares, las fuerzas armadas mexicanas, obedecen órdenes de un civil que ostenta el cargo constitucional de comandante supremo de las fuerzas armadas. Es decir, no se mandan solos.

Y sigue por mostrar las múltiples auditorias que acompañaron esta construcción.

Continua por certificaciones técnicas, nacionales y extranjeras, sobre la operatividad de todos los tramos que transita el tren interoceánico.

Además, pasa por los seguros, las indemnizaciones, el reparto de responsabilidades, y en su caso, de tener fundamento jurídico, el castigo a quien corresponda.

Todo lo anterior si no se comunica con eficiencia, lejos de Ramírez Cuevas, de todos los que no supieron defender a la institución en boletines insultantes y hasta absurdos en uno de sus peores días, no va a servir.