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Hay un relato de Borges donde un Borges de 61 años llega a un hotel de Adrogué, donde se ha hospedado poco antes un Borges mayor, de 84.

El Borges menor lo sabe cuando ve su propio nombre escrito en el libro de registros del hotel con tinta fresca. Lo confirma cuando el conserje le dice que le dio al otro Borges la pieza 19.

El Borges menor sube las escaleras corriendo y encuentra al Borges mayor de espaldas en la cama, enflaquecido, los ojos perdidos en el techo. En la mesa de noche hay un frasco vacío.

El Borges mayor dice que lo que pasa entre ellos es un sueño, un sueño que él está teniendo en su casa de Maipú, donde agoniza.

El Borges menor le dice que no, que están en la pieza 19 del hotel de Adrogué, el lugar donde muchos años antes planearon juntos su suicidio.

El Borges mayor le responde que aquello ya no existe, que quizá el Borges joven lo está soñando también.

Discuten quién sueña de los dos. Los dos sueñan y los dos son uno, dice el Borges mayor.

Al Borges menor lo irrita el Borges mayor, su cara le parece una caricatura de su cara, su voz un eco ingrato de su voz.

El Borges mayor lo sabe, lo ha padecido siempre. Por eso ha decidido tomar la puerta de salida de los estoicos, que está siempre abierta.

El Borges menor le pide al mayor que le diga la vida que le espera. El Borges mayor le dice que lo esperan Islandia, los años en que escribirá su mejor poema, las humillaciones de la vejez, la soledad de la ceguera y de la casa de Maipú, donde está muriendo ahora.

El Borges menor dice que escribirá este sueño al despertar. El Borges mayor dice que no lo recordará sino cuando llegue la hora.

Conmovido, el Borges joven se inclina sobre el Borges mayor pero ya su cuerpo no está en la cama, sólo una sombra.

Cuando salió de la pieza 19 del hotel de Adrogué no había tampoco escaleras, ni patio, ni hotel.

Afuera lo esperaban otros sueños.

El cuento, en “Veinticinco agosto 1983 y otros cuentos de Jorge Luis Borges. Siruela, 1983”.