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Ahora sí que, con el debate respeto.
Florestán.

En la historia moderna de México no hay referentes de que un expresidente de la República haya ocupado posteriormente un cargo de elección popular.

            Apunto el caso  del general Lázaro Cárdenas, a quien su sucesor Manuel Ávila Camacho designó secretario de la Defensa, cuando decretó la guerra al Eje; Adolfo López Mateos (1958-64) que dio cargos a todos sus antecesores, y José López Portillo (1976-82) hizo embajadores a Gustavo Díaz Ordaz y a Luis Echeverría, no hay más. Pero ningún cargo electoral.

            La Constitución es muy clara: no hay espacio para la reelección del Jefe del Ejecutivo.

            Pero no implica que no puedan aspirar a otro cargo. Lo que pasa es que los expresidentes, que excepcionalmente salen aprobados, casi todos han desaparecido del escenario político y ni de lejos han considerado presentarse como candidatos a un gobierno estatal, municipal, al Senado, a la Cámara de Diputados ni a la Ciudad de México, que tras las reformas de los noventa, eligió en 1997 por primera vez a su jefe de gobierno, proceso en el que arrasó Cuauhtémoc Cárdenas, que inició una saga del movimiento de López Obrador, era presidente nacional del PRD, y a quien siguió Marcelo Ebrard, Miguel Mancera y Claudia Sheinbaum.

            La Ciudad de México ha sido el santuario del hoy presidente y del movimiento que encabeza.

            Pero en las elecciones intermedias de 2021 y contra todos los pronósticos, de la oposición incluida, perdió la mitad de la capital, nueve de 16 alcaldías, lo que fue un parteaguas para el morenismo y para sus opositores.

            Este revés, lo llevó a ajustes en todo su aparato, gobierno de Claudia Sheinbaum incluido, para volcarse en recuperar en 2024 lo perdido tres años antes.

            Y en eso, surgieron voces, que no liderazgos, de la oposición para buscar ese cargo, sin que hasta ahora aparezca ninguno realmente competitivo.

            Pero hay quien sí pudiera serlo, falta que tome la decisión de dejar su actual zona de confort y venga a partirse la madre en una campaña, como había hecho siempre, por un proyecto político: Felipe Calderón.

            No hay otro candidato como él, conocido, competitivo y que daría un vuelco al proceso de la Ciudad de México, a la oposición, al oficialismo y, sin duda, influiría en el proceso presidencial.

            El expresidente, que hoy vive más en Madrid, como dos de sus antecesores, está dedicado a otro mundo: energías renovables, foros de la ONU, conferencias, reuniones con exjefes de gobierno de otros países y su pasión, la Fórmula 1, donde ocupa el más alto cargo en la nueva prioridad de la FIA: el medio ambiente.

            ¿Se imagina que aceptara? Veríamos un reedición López Obrador vs Calderón de 2006.

            Y sobre todo la posibilidad de acabar con su hegemonía en esta ciudad y alcanzar por primera vez el gobierno de la capital del país.

            Él decidirá.

Nos vemos mañana, pero en privado