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México es un país con una riqueza cultural única. Su arte, gastronomía, conocimientos, costumbres y, sobre todo, la habilidad del mexicano para expresarse son una genialidad. Me atrevería a decir que los que han vivido siempre en territorio mexicano no se sorprenden de su ingenio como los que algún día llegamos de fuera y descubrimos —y tradujimos— esa riqueza que estira las comisuras de los labios. Si nos encontramos caminando por las calles de un país extranjero y escuchamos el mexicanismo “¡órale, qué padre!”, sin duda estamos ante la presencia de un compatriota mexicano.

¿Qué tanto es tantito? Si transgredimos podemos minimizar el hecho y convencernos de que “no es para tanto”. El “tantito” es sexy —sobre todo si lo acompañamos de un guiño de ojos o de una inclinación de cabeza hacia el hombro—. El “tantito” es pariente del “ya merito”: un “ya casi” donde el tiempo puede ser entre un segundo y para siempre. Difiere del “luego, luego” que sí expresa prontitud. ¿Y qué tal la palabra “madre”? Si se utiliza como nuestra progenitora podría ser “nuestra santa madre”, referirse a cualquier objeto “esa madre”, un lío o desorganización “se armó un desmadre”, “su casa está hecha un desmadre”, maltratar a golpes a alguien “le dieron de madrazos”, o una caída “se dio un santo madrazo”. Resulta interesante —y hasta divertido— entender las variaciones de los significados de las palabras dependiendo del tono y de la situación.

El Diccionario breve de mexicanismos, de Guido Gómez de Silva —que se puede consultar en línea en la página de la Academia Mexicana de la Lengua—, exhibe la riqueza de las creaciones lingüísticas propias de los mexicanos. Con sólo repasar la letra “A” encontramos las siguientes bellezas: no quiero platicarles de manera acantiflada pero debo achisparme de a deveras para que no me aporreen con lo que les voy a contar. El otro día hallé al achichincle del gerente acurrucado en un sillón, estaba acostadote después de tomarse un alipús y de haberse avorazado varios tacos de canasta. Se le veía amoladón, bastante apachurrado ¡o tal vez quería aliviarse la cruda! Cuando le grité para despertarlo abrió los ojos todo alebrestado y, al quererse levantar, se metió un santo azotón. Con el ruido llegaron los demás compañeros y se armó un argüende de aquellos. Yo no soy agachón y sí muy trabajador, conté lo que había visto y “aguanté vara” contra los dichos del abusadillo ese que me quería tachar de mentiroso. Como ya todos lo conocen nadie le creyó. “¡Ándale, José! Ya deja de amacharte y ponte a trabajar, ‘apá”, le gritó el jefe con gesto gruñón mientras todos regresaron riendo a sus sitios de trabajo… Ya me dieron ganas de escribir un cuento.

No nací en México, pero a cuatro décadas y media de tener la fortuna de vivir en esta tierra, me atrevo a escribir de sus deliciosos mexicanismos —que dan ganas de pronunciarlos aclarándonos la garganta con un mezcalito y su sal de gusano—, porque ¿qué tanto es tantito?, ¿a poco no? ¡Adiosito!