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A raíz de la designación de José Ángel Carrizales López como director ejecutivo de la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA), a pesar de que carece de experiencia en materia ambiental y de que no cumple con los requisitos que la normatividad exige: “haber desempeñado cargos de alta responsabilidad, cuando menos cinco años, en actividades profesionales en el sector público o en el privado, sustancialmente relacionadas con la materia objeto de esta Agencia”, el presidente Andrés Manuel López Obrador volvió a declarar que a él le importa más, para nombrar a un servidor público, la honestidad que la experiencia. “Si hablamos en términos cuantitativos, 90% honestidad, 10% experiencia. ¿Cómo la ven?” —expresó AMLO.

No es la primera vez que el Ejecutivo expresa esta idea respecto a la honestidad y la experiencia de los servidores públicos elegidos por él; concepto que ofrece dos posibilidades para rebatirlo de manera sencilla y respetuosa, mediante la aplicación de la lógica: primera, si el encargado de un despacho, agencia o dirección gubernamental sólo tiene el 10 por ciento de la preparación y de los conocimientos que su función requiere, el resultado de su labor al frente de la dependencia a su cargo tendrá un 90 por ciento de errores. Es decir, será un desastre. Segunda, si el propio Ejecutivo declara que sus funcionarios deben ser 90 por ciento honestos, les deja un margen del 10 % para ser deshonestos. Supongamos —sin conceder— que sólo reciban el 10 por ciento de los moches que recibieron los políticos de los gobiernos anteriores, probablemente van a reunir menos dinero, pero de todos modos van a transar. Digamos que no saldrán multimillonarios del cargo sino sólo millonarios.

En más de una ocasión en este espacio he manifestado que el 1 de julio del 2018 voté por López Obrador sin que este acto significara mi apoyo incondicional a sus propuestas de gobierno. Por eso hoy expreso mi desacuerdo con la manera en que el presidente escoge a algunos de sus colaboradores. Pienso que el Primer Mandatario a todos los que trabajan con él, a los que los ciudadanos les pagamos su sueldo, debe de exigirles 100% de honestidad y 100% de experiencia y capacidad para desempeñar el cargo que les fue asignado. De otra manera, hablando en los términos cualitativos de López Obrador: 90% honestidad y 10% experiencia es igual a 100 por ciento de corrupción.

Tengo la percepción —y deseo estar equivocado— de que lo que el tabasqueño quiere es tener a su lado en calidad de colaboradoras y colaboradores a un grupo de personas que sean lo que en inglés se conoce como “yes man” por su propensión a decir sí a todo lo que el jefe proponga.

Esta nociva especie animal de aduladores o lisonjeros —también llamados nalgas prontas— se ha dado mucho, a cualquier nivel, en la política mexicana. Existen cantidad de ejemplos de personajes que subieron en el escalafón de los servidores públicos a base de sumisión y halagos; del culto a la personalidad del que manda, aunque mande disparates. Inclusive la reverencia y la genuflexión ante quien tiene el poder se han dado, y se dan, aun en contra de los deseos del destinatario.

Don Adolfo López Mateos, que era refractario a los adulones de profesión, le contó a su amigo el escritor, periodista y político, Manuel Moreno Sánchez, la ocasión cuando de visita en un estado de la República, le dieron a leer un diario de la región donde un columnista había escrito en contra del gobernante. Rodeado de la fauna local de barberos, cobistas, huele pedos y similares, el presidente López Mateos tuvo el desatino, así lo reconoció él, de llamar hijo de la chingada al columnista. Esa misma noche el periodista fue asesinado.