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Con todo y las referencias a los “otros datos”, la presidenta Claudia Sheinbaum se abstuvo de insistir, en la celebración del centenario del Banco de México, en su idea de dotar de un mando dual al banco central mexicano.

Esta afortunada reconsideración presidencial, que anticiparía que no debe haber ninguna iniciativa legislativa que cambie el mandato del Banxico, reafirmó la confianza en esa institución básica de este país.

Y eso está muy bien, porque lo mejor para un sistema monetario, para una economía, es que no haya sorpresas autoritarias de ese calibre.

Como las que sí hay en Estados Unidos en materia del intervencionismo del presidente Donald Trump en las funciones de su banco central, la Reserva Federal (Fed).

El republicano quiere apropiarse de la conducción de la política monetaria, ya vio que no es posible remover, por ahora, al titular de la Fed, Jerome Powell, y busca entrometerse por un eslabón aparentemente más débil y determinante en el balance de los tomadores de decisiones del Comité de Mercado Abierto de la institución.

Despedir con una carta a la gobernadora de la Reserva Federal, Lisa Cook, no tiene precedentes, como tantas otras cosas que ha emprendido Donald Trump. Con el argumento de un supuesto conflicto de interés hipotecario la pretende echar a la calle como si se tratara de su reality show de The Apprentice.

Ya hay un pleito legal por este caso y podría Trump no salirse con la suya. El hecho de que el abogado de la gobernadora Cook, Abbe Lowell, emprenda una demanda en contra de la pretensión de Trump es buena noticia para la funcionaria de la Fed, pero sobre todo para los mercados.

Si Trump logra meterse por esta vía en las decisiones de su banco central, Estados Unidos podría correr la misma suerte de otras economías mundiales cuyos gobiernos han intervenido en sus bancos centrales.

El mejor referente histórico es la Alemania post Primera Guerra Mundial cuyo gobierno ordenó la impresión indiscriminada de marcos que quebraron esa economía, lo que contribuyó al surgimiento del nazismo.

El caso más escandaloso, de libro de texto, es el que se dio a principios de este siglo con el gobierno de Robert Mugabe en Zimbabue que ordenó a su banco central imprimir dinero de forma indiscriminada y provocó una hiper inflación de 89.7 sextillones por ciento.

Un caso más cercano fue el de Cristina Fernández de Kirchner quien en el 2010 ordenó por decreto el despido del presidente del banco central de Argentina por negarse a usar las reservas internacionales para pagar la deuda externa.

El resultado fue la destrucción total de la confianza internacional y local en esa economía.

Y un caso más reciente es la orden autoritaria del dictador turco, Recep Tayyip Erdogan, quien en plena burbuja inflacionaria post pandemia despidió a varios funcionarios del banco central para bajar las tasas por decreto.

El resultado fue una devaluación histórica y una hiper inflación que fue difícil de contener.

Y es, precisamente, la pérdida de credibilidad lo que puede afectar a un banco central y al país que representa cuando sus políticos, ignorantes pero poderosos, se meten en esos terrenos.

Estados Unidos podría no ser la excepción si no pesan sus instituciones.