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No quiero utilizar el lugar común en el que se convirtió el barbarismo que utilizó Felipe Calderón, cuando llegó a la Presidencia de la República, luego de un posible fraude: “Haiga sido como haiga sido”, que, supongo, empleó de manera consciente como un coloquialismo.

En comparación con el mandatario que lo precedió y con el que lo sucedió, Calderón resulta académico de la lengua española.

Mejor, para referirme a la, probable, irregularidad en la elección de Rosario Piedra, como presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos recurriré al refrán que dice: “A lo hecho pecho”. Esto es que tiene que entrarle al toro por los cuernos pese a las supuestas anomalías habidas en su elección: la incierta cantidad de votos senatoriales y las protestas panistas porque hasta unos días antes de la votación fungió como secretaria de Derechos Humanos del Comité Ejecutivo Nacional del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), lo cual puede infringir la Ley de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos que en el artículo noveno, fracción IV establece que uno de los requisitos para ser presidente(a) de la susodicha comisión es “no desempeñar, ni haber desempeñado cargo de dirección nacional o estatal en algún partido político en el año anterior de su designación”. Si así fuera, si el puesto de secretaria de un rubro dentro del Comité Ejecutivo Nacional de su partido se considera cargo de dirección y, por tanto, violatorio de la ley, regreso al refranero para decir: “Palo dado ni Dios lo quita”.

La sociedad mexicana piensa que la esencia de los derechos humanos está en el respeto a las creencias de cada individuo y a su libertad de expresarlas, a la lucha contra la xenofobia, el racismo, la homofobia, la tortura y la impunidad. Sabemos que la probabilidad de que un delito se denuncie es muy poco posible pero la expectativa de que se esclarezca es lo que le sigue.

No sabemos si la señora Piedra, como presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, en cuanto a impunidad, aplique la política del gobierno lopezobradorista del punto final, del borrón y cuenta nueva, como si lo sucedido en el pasado no incidiera de manera grave y perniciosa en el presente y, seguramente, en el futuro.

En mi opinión, el cumplimiento pleno de los derechos humanos es la piedra angular del auténtico progreso. No se puede tener seguridad sin crecimiento económico y no se puede tener crecimiento económico sin seguridad, y no pueden existir ninguna de éstas dos cosas sin respetar los derechos humanos.

En nuestro país, además de la Ley de la Comisión de los Derechos Humanos, tenemos los artículos primero y cuarto de nuestra Carta Magna que son referentes y en defensa de éstos.

Pero bastaría con que se observara el primero constitucional que además de ordenar el cumplimiento de las normas relativas a los derechos humanos, establece favorecer a los tratados internacionales de la materia que ofrezcan una protección más amplia.

México es signatario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la ONU, que en el artículo 25, fracción primera, asienta: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”.

Bastaría que este derecho humano se cumpliera a cabalidad por quienes tienen la responsabilidad de hacerlo: gobernantes y empresarios, para tener un país más justo, progresista y seguro. Lo dijo Simon Wiesenthal (1908-2005): “Los derechos humanos es la única ideología que merece sobrevivir”.