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La operación militar de Estados Unidos contra Nicolás Maduro viola de modo flagrante el derecho internacional, pero Trump tiene la coartada legal, según la legislación de su país ––que le otorga amplias facultades como comandante en jefe–– de proteger intereses estratégicos, combatir amenazas a la seguridad nacional y ejecutar operaciones extraterritoriales sin declaración formal de guerra.

O sea: lo ilegal afuera le resulta defendible puertas adentro.

La contradicción no es nueva: Washington suele imponer en el mundo su derecho doméstico.

Ninguna de las excepciones contenidas en la Carta de las Naciones Unidas —legítima defensa ante un ataque armado, o autorización expresa del Consejo de Seguridad— es aplicable en el caso Maduro. Se trató por tanto de una intervención armada unilateral que vulnera el principio de soberanía y la prohibición del uso de la fuerza, pilares del orden internacional desde 1945.

La coincidente posición de la presidenta Sheinbaum y su predecesor López Obrador a favor de la no intervención y la solución pacífica de las controversias, suena impecable… salvo por los hechos: ambos pasaron por alto esos principios con las abiertas intromisiones en los asuntos internos de Bolivia y Perú respaldando a Evo Morales y Pedro Castillo en sus abortados autogolpes de Estado, y lo mismo con Ecuador cuando la embajada de México acogió a un probable delincuente perseguido por la justicia constitucional de ese país (y que provocó la demencial irrupción armada en la sede diplomática para llevarse al asilado).

Incómoda pero evidente, la realidad es que Estados Unidos actúa con lógica práctica. De ahí que resulte razonable que se entienda con la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, la única que tiene hoy los hilos del poder para mantener en funcionamiento al país, articular relaciones con los sectores productivos y, sobre todo, con las Fuerzas Armadas.

Ni Edmundo González, ganador de la elección presidencial de 2024, ni la lideresa opositora María Corina Machado controlan esos resortes, porque gobernar no es ganar elecciones, sino mandar, y mandar en Venezuela pasa por los cuarteles.

De manera por demás jocosa, López Obrador le aconseja a Trump aplicar su “juicio práctico” pese a que esto es, precisamente, lo que hizo al ordenar la operación militar en Caracas.

El tema produjo en México un ridículo episodio: militantes de Morena se hicieron pasar por venezolanos para protestar ante la embajada contra la captura o secuestro del mequetrefe, pero fueron desenmascarados por uno de los genuinos ocho millones de venezolanos que han huido de las tiranías chavista y madurista, y que saben en carne propia lo que se ha vivido en la “bolivariana” Venezuela.

Y mamila es la decisión del Senado mexicano para posponer la aprobación a que instructores estadunidenses vengan a capacitar a cuerpos de seguridad nacionales.

Mucho rasgadero de vestiduras por el intervencionismo ajeno, pero del propio, cachetonamente, el oficialismo se hace guaje…