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Las yemas de sus dedos consiguen rozar aquella piel y, en ese instante, una corriente repta por sus nervios hasta electrocutar su vientre y excitarle la curiosidad. El wattaje es potente y la mar de perturbador: un vértigo en caída libre que puede arrojarla al fondo de cualquier abismo.

Ella lo sabe, y se arriesga.

Hay miradas que hurgan e intensifican mareas y avalanchas, generan un campo magnético que ajusticia ideas, razones y palabras. El deseo va más allá de las ganas de poseer lo tangible: el cuerpo como un todo —piel y cerebro— pretende encajar en la mente y en la piel de quien se desea, absorberlo, unificarse. Lo imposible, lo irracional, un suicidio. 

 La literatura es un recurso que muestra las posibilidades de la imaginación, se puede oler o intuir lo que se desea e intentar describirlo, no de manera real o figurativa, sino expansiva. Georges Bataille escribió que el fin del erotismo es la eliminación de lo discontinuo, de los comportamientos estancados y lo delimitado. En la jaula asfixiante de la corrección política y las reglas, el deseo irrumpe en el verbo y en la palabra, en la complicidad entre el lector y el escritor. El poema o la novela contienen y expanden la humedad, la voracidad, los anhelos y las apetencias, los roces. Se escribe ficción pero el deseo que la rige es real, hay una intención poderosa movida por el apetito. El ardor amoroso es la arena donde luchan nuestros demonios y anhelos y, desde ahí, podemos auscultar la condición humana.

El deseo se alimenta a sí mismo. A veces late en el cursor del teclado, en la notificación del móvil, en la llamada sorpresa, en la mancha de carmín al filo de la copa, en la gota de sudor que se inmola entre los pechos, en la ráfaga de viento que trae su olor. En sus palabras.

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La sensualidad y el goce se vinculan holísticamente con las dimensiones de la vida: la condición humana persigue la complacencia y el deleite, viene “de fábrica”. Un vehículo certero para mover al ser humano es el placer como incentivo en sus actividades cotidianas. La función del sistema de recompensa del cerebro es motivar y gratificar a quien lo porta. El cerebro es nido y motor de la delectación. Los seres humanos han creado canciones, poemas, novelas, obras de teatro, recetas de cocina, vinos para obtener para sí mismos —o proporcionar a otros— un regalo placentero. La consumación de amar, gozar y ser en el otro es un acto prodigioso y superior; una disolución de la individualidad para comulgar con otros ojos, otra boca y un cerebro ajeno al nuestro que nos roba la paz. Una vez satisfecho, es necesario repetirlo. El deseo posee los ingredientes perfectos para volverse adictivo.

 La sed de una piel, una tarde lectora, un tinto maridado con notas de Baker, Miles, Simone o Coltrane y esa mirada, instan a vivir. El destino es el camino. Como escribió Ian McEwan “no podemos existir —o persistir como especie— sin el deseo, y no dejaremos de cantarle”. 

No desear es estar muertos.