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A Gioconda, Tulita y Sergio.

Trazo en el aire los planos del campo semántico de una casa —e invento una definición de unidad lingüística y sus combinaciones, del sentido que me provoca dicha palabra y se extiende hacia la frontera de lo tangible y lo intangible, un lugar sin tiempo.

Mi casa contiene lo que toco; el sillón donde suelo tomar el café y leer por Twitter —me rehúso a llamarlo “equis”— las últimas noticias, el escritorio desde donde trenzo palabras y desasosiegos, la cama con la sombra de las noches insomnes y los sudores febriles de gozo o de enfermedad, la luz de la lámpara de lectura. El comedor donde cada silla sostiene a un miembro de la familia biológica o adoptada, a los amigos y viajantes. La vajilla donde se ha servido gallopinto con queso duro, carne asada y mole con pollo. La cochera donde se juega a la gallinita ciega y se hacen lonches para los damnificados del terremoto.

Mi casa son también aquellos libros en los anaqueles de la biblioteca —en formación estricta por género y apellido del autor— las horas que he sido otra leyéndolos, los viajes a los que me han llevado sin maleta ni pasaporte. Mi casa es mi jardín, el ahuehuete al que le doy los buenos días cuando corro la persiana por la mañana, el asiento de mi inodoro testigo de lecturas breves. Mi casa también es la copa que se llena de vino, la cobija de una tarde fresca y húmeda. La hamaca que cuelgo cuando hace sol, el tostador. Y como una matrioshka: mi casa también es casa de los que quiero y de las querencias de ellos.

Mi casa también contiene lo intangible. El grito de mi madre de “ya entren a cenar”, el sudor en el bigote y en la espalda cuando jugaba al escondite con mis primos, los cantos de La purísima. Años después, los pasos carrereados de mis hijos, sus risas y gritos, los ladridos de mis perros, el olor a petricor y aquellos provenientes de la cocina —sobre todo de la cafetera—, la sopita de pollo con cilantro y papas, la jalea de guayaba, el pan tostado. Las paredes tapizadas de charlas familiares y de manchas de vino tinto y sus tabiques unidos con el cemento de la música que ha sonado —desde boleros hasta los conciertos de cello de Bach—. La casa es aquel refugio que colecciona el alivio de quitarte los zapatos, cantar en voz alta, amanecer con el pelo enredado, bostezar a tus anchas, disparar flatulencias sonoras, dejar salir estornudos atronadores, las horas, semanas o años de bailes conmigo misma frente al espejo. La morada contiene lo necesario para hacer nido y techo, ruido y silencio, y resguardarnos de la lluvia.

En mi inusual campo semántico de casa también están los verbos habitar y arraigar. Se habita aquel lugar que se considera propio y seguro, donde anidan recuerdos y las voces de los abuelos, los golpes sordos del balón en la pared, las hojas crepitantes en una noche ventosa, los grillos. En una casa quedan rastros de lágrimas en alguna almohada o en la coladera de la ducha, ecos de noches bohemias y sonidos de poesía, rodillas raspadas y manchas de mertiolate. En una casa se arraiga la vida: llantos, pañales sucios, biberones tibios, desmañanadas, tareas escolares, exámenes universitarios, clases de manejo, las primeras ansias y besos, pleitos, el perfume de sándalo, el tedio de la oficina, el sonido del televisor, el cáncer del abuelo, el infarto de la abuela, la máquina de diálisis peritoneal del padre.

¿Sabrán los dictadores que al robar nuestra casa apuñalan recuerdos? ¿Que son secuestradores de olores de la estantería de la memoria? ¿comprenderán que asaltan la intimidad? En su señorío, —y con el afán de demostrar su poder— no sólo se atreven a despojar de su casa, sino de patria a los que piensan distinto. ¿Quiénes se creen que son para arrancarte la tierra que te parió? Jamás se ha visto que un volcán inhale su lava para expulsarla en otros lugares ni que una cría regrese por el canal de nacimiento para salir en otro sitio. Hasta hoy nadie ha cambiado el color de su piel ni de sus ojos.

Los dictadores, bandoleros de cultura, conocimientos, lengua, religión, derechos humanos, libertad, que por odio y miedo quieren apropiarse de lo que no pueden ser. Ladrones enfermos de animadversión que supuran veneno del cual no hay antídoto. En el delirio de perseguir lo que los amenaza, destruyen historias. En el afán de potestad y dominio se erigen a sí mismos estatuas macabras de rostros deformes. En la pretensión de cuidarse las espaldas se amurallan en la podredumbre de su vileza. ¡Qué solos se están quedando! Y los despojados, a pesar del dolor, qué bien acompañados se encuentran.

ESCRIBE

Ligia Urroz

Licenciada en economía por el ITAM, Master of Science in Industrial Relations and Personnel Management por la London School of Economics and Political Science, Máster en literatura en la era digital por la Universitat de Barcelona, Máster en literatura por la Universidad Anáhuac, Especialización en literatura comparada por la Universitat de Barcelona, Posgrado en lectura, edición y didáctica de la literatura y TIC por la Universitat de Barcelona.