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Cayó en mis manos la colección de Astérix —el héroe del cómic francés— de R. Goscinny y Albert Uderzo. Las historias se sitúan en el año 50 a. C., cuando la Galia se hallaba ocupada por los romanos. En una aldea de pequeños campamentos vive la resistencia gala que lucha contra los legionarios romanos. Los personajes son entrañables, Astérix, el héroe guerrero en quien confían las misiones más peligrosas y quien obtiene su fuerza sobrehumana de la poción mágica del druida Panoramix. Obélix, el “Sancho Panza” de Astérix, mensajero y amante de los jabalíes y las peleas, acompañado de su inseparable Idéfix —perro fiel y ecologista—. El músico Asuranceturix y Abraracurcix, el jefe de la tribu. Releer los álbumes de Astérix con sus brillantes títulos animaron los recuerdos de las tiras cómicas, novelas gráficas y cartones que he devorado con los ojos y me han hecho soltar carcajadas a mares, algunas agridulces. 

El lector tiene el poder de conducir una película con los dibujos como escenas, los textos como guion y componerles una banda sonora. En Nicaragua, al regresar del colegio, buscaba los periódicos ya leídos y me dirigía a la sección —casi siempre en la última página y al lado del crucigrama—, donde encontraría a Mandrake, el mago, El llanero solitario (y Toro), La pequeña Lulú y el genial Condorito, ¡qué entrañable cóndor!, con sus amigos Garganta de Lata, Huevoduro y Coné, y la gran Yayita, —siempre me pregunté cómo podía sostener sus generosas carnes en unos pies diminutos calzando tacones de aguja. Mis padres también compraban las revistas cómicas (en Nicaragua les mal llamaban pasquines); Daniel el travieso, El pato Donald, Archie y una revista para adultos titulada Hermelinda linda. Recuerdo que alguna vez cayó en mis manos y hasta el día de hoy no puedo olvidar el espanto que me provocaban sus ilustraciones. 

A mi llegada a México me sorprendió un librito que vendían en los quioscos de periódico y que Jesús, el portero de mi edificio, lo llevaba siempre en el bolsillo trasero de sus jeans: El libro vaquero. Si olvidaba algún ejemplar en la portería yo gozaba mirando las ilustraciones de los indios y vaqueros y la belleza voluptuosa de las mujeres. Lo tenía censurado, por supuesto. En los periódicos mexicanos me hice adicta a Garfield y a la gran Mafalda. No fue sino hasta mis veintes que pude comprarme la colección completa de Quino y compendiar la preocupación por la humanidad y, sobre todo, por la paz mundial de esa maravillosa chavala argentina —con la salvedad de que a mí sí me gusta la sopa. 

Las historietas y cómics pavimentaron mi camino para llegar a las novelas gráficas, mis predilectas son Maus de Art Spiegelman, El azul es un color cálido de Julie Maroh y Persépolis de Marjane Satrapi, gozo volver a ellas. 

Leo también a los moneros —Alarcón, Jis y Trino—, quienes a través de sus arquetipos y personajes de la vida real son maestros insignes de la sátira y del humor, tan necesario en nuestros días.