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Todos los gobiernos han tenido una íntima ambigüedad con la cultura. Por un lado la promueven y por el otro, carecen de ella. Todos tienen programas, estrategias, ideas; editoriales y ferias.

Pero pocos, muy pocos tienen los resultados y el ejemplo del actual gobierno tetramorfósico de la República Mexicana.

Sería impensable una Transformación (o una Regeneración, con mayúsculas) nacionales, sin atender mayúsculamente a LA cultura. Por eso se ha seleccionado en los altos cargos y las mayores responsabilidades a personas de profunda capacidad.

Por eso les hacemos agujeros a los terrenos tropicales y le pedimos permiso a la madre tierra antes de construir una vía de ferrocarril. Ese es un avance impensable para cualquier gobierno neoliberal.

Pero nada se compara con la ambición tras la Estrategia Nacional de Lectura el cual –cito a la señora Beatriz Gutiérrez de López Obrador–, es un “plan nacional de lectura ante la problemática que se vive por la falta que le dedican ahora muchos a tan importante tarea (la falta que le dedican no es igual al tiempo que no le dedican; es otra cosa),que enriquece el espíritu, ensancha el conocimiento, nos libera, nos regala emociones, nos da tristezas (leer entristece, sobre todo si se trata de las esquelas por el Covid) , nos consuela.

 

“Los libros –sigue–, son amigos nuestros, los libros son compañeros, no son objetos, son compañeros en la soledad, en las alegrías, en las penas. Y también escribirlos es un acto de liberación.

“Yo concibo que las almas inquietas llegan a un consuelo o a un terreno de paz cuando liberan mediante las palabras eso que sienten y piensan…”

Por eso en estos días de la epidemia y el mucho tiempo disponible, yo he podido leer algunas cosas, gracias a la Estrategia Nacional de Lectura cuyo benéfico aletazo me ha tocado el alma inquieta.

Disfruté mucho “La importancia de llamarse Ernesto”,del conocido poeta aguascalentense, Ernesto Alonso, quien le cedió los derechos de autor  a un gringo (nacido en Queerland, Massachusetts), llamado Oscar Wilde quien no osaba a pronunciar su verdadero nombre pero si jugaba a la matatena con Carlos Monsivais y Sergio Pitol.

La mala prensa le atribuyó a ese señor Wilde, quien en la solapa (del saco; no del libro), lucía siempre un cempasúchil, ser irlandés, pero no es verdad.

Nació –como ya se dijo–, en Queerland, un pueblecito cuyas brujas inspiraron a  Arthur Miller, quien –todos sabemos—fue compañero de escuela en Salem, del vate uruguayo Amado Nervo, muerto en Nayarit, cuyo sobrino se cambió el apellido  y se fue a Europa a estudiar arquitectura  e hizo la Sala Nervi del Vaticano, donde el Papa ofrece sus audiencias de los miércoles, mientras piensa  una carta contrita por la impertinencia histórica  del clero en América.

También leí una edición reciente de “La ileada” cuya exactitud se deriva de una actualización etimológica. Si la exuberante Ingrid, ex colaboradora de Brozo se llamara “La riata”, podríamos aceptar si Homero hubiera creado (en Cuernavaca) “La Iliada”. No; es Ileada, como reata, o beata, no biata.

Los tiempos del encierro dan hasta para cosas ligeras, como leer la revista “Hola”, la cual es un compendio de buen gusto y avance cultural a cuyas páginas sólo acceden los nobles, los ricos y las celebridades (si se casan en Puebla). Cuando uno no es ninguna de esas tres cosas, sólo le queda mirar con ojos de envidia cómo quienes si son alguna de ellas, se pasean por el mundo, haya o no haya pandemia.

También leí un libro genial: “La riqueza de las naciones”,escrito por doña Leona Vicario quien tuvo una hija fuera del matrimonio (Ángela), a la emigró de Quintana Roo, a Colombia; donde protagonizó una historia de deshonra virginal, culminada en un homicidio casi sabido, el cual  le dio oportunidad a Juan Rulfo de escribir “Cónica de una Comala anunciada”y dos capítulos de “A sangre fría”, en sociedad con Paco Ignacio Taibo IV, oculto tras el seudónimo de Tito Capotito.

Gracias a la ya dicha estrategia de hacerse acompañar de un libro, el cual supera en fidelidad a cualquier perro, pues no come, ni ladra, ni orina, ni defeca en La Condesa ( o en la alfombra), pude—por fin—leer “El cantar de los cantares”,cuyo autor, como cualquier estratega de la lectura sabe, fue el malogrado aedo, José José.

Pobre México si no tuviera estas estrategias culturales en manos tan estratégicas.