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Se abrió este año en la Ciudad de México la opción de firmar ante un notario un testamento de “voluntad anticipada” respecto de cómo quiere uno morir si llega a enfrentar condiciones o enfermedades terminales irreversibles y atroces.

Carlos Fuentes puso al frente de La muerte de Artemio Cruz un epígrafe de Montaigne: “La premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad”. Corresponde al ensayo “Filosofar es aprender a morir”. (Ensayos completos, Porrúa, Sepan cuántos…, p. 52).

Nunca entendí bien a bien este pensamiento salvo en clave de quienes creen en la otra vida, sienten que ésta los esclaviza y que la muerte los libera.

El sentido de la reflexión de Montaigne es más terrenal. Dice en ese mismo ensayo: “Saber morir nos libra de toda sujeción y restricción”.

He leído una historia que confirma la precisión de su aforismo. Es la historia de Anna Freud en los días en que la Gestapo fue a buscarla a su casa de Viena, luego de la anexión nazi de Austria y de la explosión del antisemitismo vienés, que desató en la ciudad una ola de suicidios judíos.

El joven médico de Freud, Han Schur, que lo ayudaría años más tarde a morir en paz, convino con los hijos del maestro, Anna y Martin, que portaran siempre con ellos una dosis mortal de veronal.

La Gestapo se llevó a Anna para interrogarla en sus cuarteles. Schur la vio subir imperturbable al auto de sus captores y volver por la noche, imperturbada, a la casa donde un Freud enloquecido caminaba y fumaba y decidía salir para siempre de su odiada y amada ciudad.

La serenidad de Anna Freud para enfrentar su probable muerte atroz a manos de la Gestapo vino de su certidumbre de que ingiriendo el veronal que llevaba podría elegir la forma y el momento de morir. Llevar en el bolsillo la posibilidad de acabar con su vida la hizo libre y valiente ante la muerte.

La “premeditación de la muerte” que hay en el testamento de “voluntad anticipada” puede ser, como dice Montaigne, “la premeditación de la libertad”.

*Esta columna regresa la semana de Pascua.

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