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Dicen, aunque algunos lo duden, que Petronio escribió en Roma una novela que se llamó Satiricón, hacia finales del siglo I. La obra se ha recuperado en fragmentos; aun así, llamó la atención del gran Fellini para hacer una película.

De lo que se conserva de la pieza, hay tres cuentos y muchos detalles de la vida social y sexual (¿hay otras vidas?) del Imperio romano en plena decadencia. Uno de esos cuentos se llama “El banquete de Trimalción”, quien era un esclavo liberto que logró fortuna y se dedicó a dilapidarla en fiestas culinarias y de otro tipo, imitando a las que daba Nerón.

Carlos Bonavides es un actor que ha tenido subidas y bajadas en su carrera y su vida. No sabríamos de su existencia actoral si no hubiera sido por el productor Emilio Larrosa, quien con su telenovela El premio mayor lo hizo famoso y popular. Hubo una secuela llamada Salud, dinero y amor, con el mismo personaje.

El éxito de la historia de El premio mayor reside en el trastorno extremo que sufre la conducta de una persona de modesto origen y trayectoria, que súbitamente se hace de una enorme fortuna. El monto es lo de menos, pero el golpe psíquico es lo de más. La conducta de Huicho Domínguez es una réplica del romano Trimalción. Y, naturalmente, lleva a graves descalabros.

No pude evitar recordar al personaje de Huicho Domínguez al saber de la precipitada compra de camionetas de superlujo, con blindaje cinco, que aprobaron —y ejecutaron— los ministros de la nueva, electa por sufragio efectivo e indigenista, Suprema Corte de la Nación.

Camionetas Cherokee, rechinando de nuevas, al servicio de los machuchones de la Corte del Bienestar. En donde, como corresponde a su eslogan, no se roba, no se miente y no se traiciona al pueblo. El argumento que sustentó la operación es que los vehículos que tenían los togados para su uso gratuito ya no eran tan seguros.

Las alarmas sonaron en la entraña de la Cuatroté. Ricardo Monreal, cuidando las formas, exageró diciendo que el 99 por ciento de los morenistas cumplen a cabalidad con la doctrina del lopezobradorismo, que llegó a sugerir abandonar la justa medianía juarista para pedir franciscana pobreza. Dijo Monreal, además, que estaba en los ministros de la SCJN usar tales vehículos o renunciar a ellos.

Más pronto que tarde, la señora presidenta con A de Patria se lavó las manos diciendo que tendría que ser la Corte quien explicara el asunto. Por lo pronto, dijo la mentira que le pusieron en una tarjetita: antes, los ministros usaban de gorra camionetas que eran rentadas. Ahora decidieron —ellos, los ministros— comprarlas. Y aquí vino el gol del Mundial 2026: con ello se ahorraron mil millones de pesos.

¡Que alguien me explique!

El mensaje llegó. Los ministros van a regresar sus carricoches, y todo olvidado.

Seguramente la empresa que vendió las camionetas blindadas las recibirá de regreso: no puede perder un cliente tan importante como lo es el austero gobierno de la Cuatroté. Además, las volverá a vender, ya de medio cachete, porque un carro pierde un buen porcentaje de su valor en el momento en que sale de la agencia.

El cuentecillo tiene moraleja. Huicho Domínguez llegó al poder en México. El síndrome del nuevo rico, que no está familiarizado con la abundancia, parece obligar al derroche ostentoso. Especialmente si el dinero que se dilapida no sale del bolsillo propio, sino que es dinero que le pertenece a todos los mexicanos. Y eso vale no solamente para la Suprema Corte.

Como decía el inolvidable Chato Parada cuando jugábamos cartas de apuesta: “vale más bolsa saca, que bolsa seca”. Si es bolsa ajena, mejor.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):

El margallate que salió a flote con el envío de un supernarco a los Estados Unidos y las contradictorias versiones oficiales de la manera en que este sujeto llegó a la justicia, solamente nos documenta que, entre otras deficiencias, a la Cuatroté no se le da eso que se llama comunicación.

Especialmente si sigue en manos de Jesús Ramírez, capitán de asesores de la presidenta con A de Patria, y su pandilla de la Pantera Rosa, recibiendo instrucciones del todavía presidente —así lo invocan, muy a la costumbre gringa— Andrés Manuel.

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