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La historia no es un lienzo grabado en granito. Es un mundo que se mueve según las necesidades de cada generación.

Cada generación tiene derecho a escoger su pasado, a subrayar las tradiciones que responden mejor a las exigencias y los sueños de su presente.

Intenté hace algunos años distinguir en un ensayo las lecciones de nuestra Independencia que podemos reconocer como fundamentales para el presente que vivimos. Recojo aquí las dos primeras: 1.Con la legitimidad política no se juega. 2. La violencia es mala partera de la historia.

La legitimidad. La independencia de América tuvo su origen en una crisis de legitimidad, creada por Fernando VII, el monarca español, uno de los grandes productores de ilegitimidad de la historia de las monarquías europeas.

Fernando VII conspiró primero contra el reinado de su padre para inducirlo a abdicar en su favor. Abdicó luego él mismo, en 1808, a favor de José Bonaparte, lo cual sublevó a España y a sus reinos de ultramar. Fernando fue repuesto en su trono por la insurrección popular española, en 1814, a partir de lo cual desconoció la Constitución de 1812, promulgada en su nombre por las Cortes de Cádiz. Restauró luego el absolutismo y desató la contrarrevolución de independencia que acabó de incendiar los dominios de ultramar.

A este último respecto puede decirse que el más grande impulsor de nuestras guerras de independencia fue Fernando VII. Conclusión absoluta: con la legitimidad política no se juega.

La violencia. Apenas puede exagerarse el poder destructor de nuestras guerras de independencia. En México murieron 600 mil personas de una población de 6 millones. La producción minera cayó a una cuarta parte, la agrícola a la mitad, la industrial a un tercio.

Venezuela perdió entre 90 y 100 mil hombres de una población de 900 mil habitantes. Su hato ganadero disminuyó de 4.5 millones de cabezas a 256 mil.

La peor herencia de las guerras independientes fue el militarismo. La independencia creó a los ejércitos que la hicieron posible. Al hacerlo, militarizó nuestra vida pública. Los militares fueron desde entonces en más de un sentido los dueños de las nacientes naciones, factores de poder real encarnados en caudillos y caciques con sus propios ejércitos capaces de desafiar y aun derrotar a gobiernos débiles. Conclusión: la violencia es muy mala partera de la historia y los militares sueltos sus peores administradores.