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La intervención cubana en la revolución de independencia y la guerra civil en Angola comenzó en octubre de 1975 y terminó en 1991 (cuando desapareció la Unión Soviética)

Durante los primeros cinco años de aquella aventura, con un Fidel Castro temible pero aún respetable, el pueblo cubano padeció el peor desabasto de alimentos desde el triunfo de la revolución: el racionamiento se limitó a frijoles, arroz, plátano y un poco de pollo.

En 1980, sin embargo, la sociedad cubana empezaba a vivir cierta “prosperidad” porque de la URSS y sus satélites llegaba tal variedad de productos y procedencia que, por ejemplo, se podía conseguir leche húngara, ucraniana, checa, alemana, polaca o búlgara.

El “auge” sin embargo no sofocó el justificado anticastrismo que venía gestándose, sobre todo entre los veinte y treintañeros que animaron a sus familias a escapar de la isla. En pocos días, casi 11 mil habaneros invadieron la embajada de Perú suplicando asilo y fueron calificados de “escoria” por el régimen.

La presión y el escándalo fueron tales que Castro permitió que por el puerto de Mariel se fueran a Miami quienes quisieran.

Entre aproximadamente 125 mil que huyeron, Castro coló como 10 mil criminales extraídos de cárceles y centros psiquiátricos.

Pese a todo y simultáneamente, sectores amplios de la población estaban orgullosos de los “internacionalistas” que se alistaron para la guerra de Angola, y muchos funcionarios que lo hicieron presumían que durante su estancia en África sus hijos recibían al año dos pares de zapatos, pastillas de jabón y pasta para dientes.

También en 1980, jovencitas y niñas cubanas (“jineteras”) se prostituían con extranjeros a cambio de unos jeans y un par de tenis o algún artículo que solo se podía comprar con dólares en las tiendas gubernamentales para turistas.

Con el colapso de la URSS (marzo de 1990- diciembre de 1991) y los primeros apagones en la isla, Castro tuvo que apechugar: comenzaba un “periodo especial” porque se acabarían los apoyos del bloque ex comunista.

Luego de casi diez años de más penurias, la llegada del golpista Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela significó una fuerte alcayata de la que se colgó Castro para tener petróleo y derivados para su destartalada industria eléctrica, así como divisas para sortear los cada vez más graves apuros.

México, entre tanto y hasta principios de enero de 2025, mantuvo el envío histórico (y sin interrupción desde López Portillo) de crudo, combustóleo, gasóleo, grasas y aceites a Cuba.

Viñetas como las anteriores dan idea del inimaginable horror sin precedente que padecerá el pueblo cubano.

Y ante la amenaza trumpiana de castigar con aranceles a países que provean hidrocarburos a la dictadura encarnada hoy por Díaz-Canel, por “soberano” que México sea y legítimo su gobierno, la presidenta Sheinbaum entiende ya que las “soberanías” no son iguales y suspendió las entregas que se hacían a Cuba por comprensibles, pero frenables, “razones humanitarias…”.