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Gladys o Aranza, unos le llamaban de una forma u otra, pero era la misma, era también esposa de Brayan y la mamá de una chiquita de apenas un año.

Tenía 28 años, su cabello castaño claro y largo, ojos grandes color café, su piel blanca y una cadena de oro con una cruz como dije en su cuello.

Era Aranza a la que todos hemos ido conociendo en este último año, y no por su vida social o personal, sino por su energía y amor para su esposo Brayan, quien desapareció en diciembre del 2020.

Siete meses de recorrer Guaymas, de difundir la foto de su esposo por todos los medios a su alcance, de conocer a más mujeres con el mismo dolor y temor de no encontrar a sus desaparecidos.

Meses de vestirse de jeans, tenis y sombrero para protegerse del sol y buscar por cualquier rincón del ejido Ortíz alguna señal o huella de que su esposo y padre de su hija estuviera con vida.

Me di a la tarea de ver todas las fotos publicadas en los medios digitales de ella, en todas coincide su mirada directa, siempre bien vestida, guapa y contenta. Muy joven y coqueta frente a su teléfono y segura ante las selfies que compartía en sus redes sociales.

Mamá antes de los 30 de Lyah, detallista y cuidadosa de los suyos. Su marido desapareció y se quedó incompleta, siendo mamá de una niña y su tremendo dolor.

En las fotografías después de diciembre, es otra mujer. Sin una gota de maquillaje, sin peinados y su cabello ondulado, sin más fotos sonrientes, con la mirada entristecida y los ojos empequeñecidos.

Se le fue media vida al desconocer el paradero de su marido, se le derrumbó la familia que había formado y decidió unirse al colectivo de Madres y Guerreras Buscadoras de Sonora para alzar la voz y el dolor en grupo y ser escuchadas con mayor fuerza.

Si usted ve esa foto, nunca imaginaría que Aranza fuera a buscar “restos” de su marido entre tierra o escombro. Eso nunca no lo imaginamos, ni podríamos pensarlo.

Pero la falta de impunidad en nuestro país, y el aumento de inseguridad en la mayor parte de los estados están consumando con familias completas. El crimen organizado, el incremento de feminicidios y la inexistencia de autoridades en lugares tan pequeños, están llevando a que no solo surjan más colectivos o los que ya existen se replieguen, sino que más voces griten en señal de auxilio y de justicia.

A Aranza no le alcanzó el tiempo y a su hija tampoco, siete meses no fueron suficientes para resolver la investigación que se quedará entre carpetas sobre la desaparición de su esposo, no llegó si quiera a una pista clara, ni mucho menos a las coordenadas cercanas para encontrarlo.

La mataron hace unos días, de noche, en su casa, a balazos, la dejaron sin vida y a su hija, sin madre.

La callaron, la quitaron del mapa, se deshicieron de otra mujer que hacía el trabajo de quienes se dicen ser autoridades, de quienes trabajan en la Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora y la Fiscalía General de la República.

A Aranza la mataron el 15 de julio y ese mismo día el resto de las mujeres sumamos más miedo y temor de que nos roben la sonrisa, de que nos apaguen la mirada, de que nos quiten a los nuestros, de que nos quieran callar cuando tenemos la razón y de que todas aquellas mujeres valientes que andan en la calle “buscando restos” sigan corriendo el peligro de ser asesinadas.

Aplaudo que no hayan circulado imágenes de Aranza de la noche del 15 de julio, porque aunque no la hayamos conocido, estas imágenes nos hablan de una mujer incansable.

Ella contaba los días de salir a la calle a buscar a Brayan, ojalá el Gobierno Federal también contara día tras día que un hombre o mujer desaparecen, pero sobre todo que no se olviden que a nosotras nos están matando y no vemos a nadie que salga a las calles a cuidarnos.

Que nadie las calle, que nadie nos robe la voz.

Le apagaron la mirada y se le fue la vida - aranza
Aranza. Foto cortesía.