Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

La vida en llamas

laura garza

Laura GarzaEnfoque Manual

La temperatura caliente de alrededor provoca que todo se pinte de naranja hasta que el fuego se cuele por nuestras pupilas e incluso nos haga sentir que podemos percibir el calor del espacio

Hace muchos años me di a la tarea de internarme en basureros en el estado de Nuevo León, si mal no recuerdo aún estudiaba la carrera de Comunicación en el Tec. La tarea era llevar las cámaras para documentar la cotidianidad de hombres y mujeres que tenían por vida, salir a buscar diariamente su comida y su sustento después de que los camiones recolectores terminaran de arrojar todo lo que cargaban.

Tengo presente el silencio absoluto, una especie de sosiego en donde solo una que otra ave volaba en círculos esperando su presa.

Parecía que llegábamos a una zona desértica en donde no pasaría nada y tendríamos que regresar sin ningún tipo de material. Pero la sorpresa fue que en cuanto llegaron un par de camiones que al descargar los restos de los desechos recolectados, decenas de hombres y mujeres comenzaron a aparecer de entre las cumbres de basura.

El lugar que parecía muerto tomó una vida sorprendente, unos por un lado, otros más atrás, todos salían con las miradas directas al suelo, sorteaban los obstáculos que les aparecían en el camino y tomaban cosas que guardaban en bolsas.

Sonidos de cochinos se mezclaban con el de las aves que ya alertas avisaban que ellas también estaban pepenando, todo se convirtió en un concierto sensorial que no sabíamos para dónde mirar y a quién alcanzar.

Después años más tarde, mi madre comenzó a platicar con una mujer, doña Mari, quien era una pepenadora que recorría gran parte del municipio de San Pedro con un triciclo que iba llenando de cartón, plástico y un sinfín de objetos que al llegar el mediodía la hacía esforzarse tanto que no podía pedalear.

Caminaba empujando su vehículo de trabajo entre calles, subidas y bajadas hasta llegar al centro de recolección en donde conseguía unos cuantos pesos que terminaba por llevar a casa.

Seguramente entre una experiencia y otra, no me da la entera certeza de lo que es ser y dedicarse a hurgar entre desechos, pero si la imagen de quien ha aprendido a escarbar con sus manos y remover con sus pies los despojos de quienes como usted y yo creemos que son basura y no sirven más.

La noche del domingo el basurero municipal de Mexicali, ubicado cerca del ejido Hipólito Rentería se incendió en cuestión de minutos.

Las llamas aceleraron su paso y arrasaron lo que fueron encontrando, incluidas las casas de cartón y de madera de quienes habitan dentro del vertedero, que, aunque no parezca les da espacio a que se refugien allí hombres o mujeres en solitario o pequeñas familias con sus mascotas.

El incendio pintó todo de naranja y rojo, elevó la temperatura de todo objeto y de todo aquel que estuviera cerca. Se acercaron desconocidos, personal con maquinaria pesada y quienes pudieran sumar sus esfuerzos para acabar con el fuego, pero no resultó.

La cobertura que hizo el fotoperiodista Víctor Medina, de quien ya he hablado varias veces en este espacio es imponente ante lo que nos pueda provocar la mirada de este hombre que ve consumir su colonia, su hogar, su fuente de ingresos, y lo poco o mucho parte de su vida.

La temperatura caliente de alrededor provoca que todo se pinte de naranja hasta que el fuego se cuele por nuestras pupilas e incluso nos haga sentir que podemos percibir el calor del espacio.

El hombre que guarda una simetría en su frente de inicio a fin, una línea, una diagonal que inicia con su cabello parado, pasando por su frente, su nariz casi con una perfecta inclinación y su barba que simula una especie de resbaladilla.

Su mirada como un láser de luz que guía a la lámpara que carga sobre su frente. Su camiseta sucia, desaliñado como quien no sigue ninguna norma social ni de etiqueta, porque en donde vive nadie se la exige y nadie le juzga.

Un pepenador que tendrá que buscar de nueva cuenta cómo ganarse su ingreso, su comida, su casa, su espacio.

Mira con la incertidumbre de entender o no, que lo que tenía se perdió, que de nueva cuenta comenzará de cero porque ni el cartón o la madera le aguardará para refugiarse al caer la noche.

Víctor retrató la mirada de melancolía de quien se convierte en fiel testigo de un escenario devastado por el fuego, o de quien ve destruirse su mundo entero y se sabe desahuciado de toda sustantividad que solía llamar hogar.

Foto: Víctor Medina
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